No es una dedicación
actual lo de vender; la compraventa
-y, antes, el trueque- la han venido
practicando los seres humanos desde
que el dinero hizo su aparición.
El dinero siempre mantuvo y mantiene
un éxito sostenido. Lo que
ha cambiado en la apreciación
social de nuestros días es
el valor otorgado al hecho de vender.
¿Quién no se ha encontrado,
al menos una vez, con alguien dedicado
a cualquier negocio de compraventa
que nos ha dicho con aire retador
-y de suficiencia, y de autocomplacencia-:
qué quieres que te venda,
te vendo lo que quieras. Lo que
hay detrás de esa frase es
la elevación a categoría
suprema del hecho de vender, de
la capacidad de colocar un producto
por medio de una hábil estrategia
de captación del cliente.
Vender se convierte en el activo
que más cotiza en el mundo
contemporáneo y la moral
se supedita a sus resultados económicos
con alarmante frecuencia. Lo que
llamamos valor intrínseco
de las cosas pasa a un segundo plano,
pues la venta no tiene por qué
apoyarse necesariamente en la mayor
eficacia, calidad o bondad del producto,
sino que se trasciende y se convierte
en un valor en sí misma.
Detrás del "te vendo
lo que quieras" hay un "soy
capaz de venderte cualquier cosa,
incluso lo que no deseas, porque
soy un verdadero profesional".
En el campo de los resultados contables,
la venta (y el vendedor) adquieren
un valor social máximo.
Sin embargo, vender
no debería ser más
que un paso en el trayecto de una
relación económica,
ni debería tener más
relevancia que su inmediata practicidad:
que una persona pueda conseguir
lo que desea. Pero ¿qué
desea una persona? En este asunto
de la compraventa existe en nuestra
época un oficio previo e
íntimamente unido a aquel
que es el de convencer a alguien
de que desea algo o de que le es
ofrecido exactamente lo que necesita.
Tampoco es un negocio nuevo, viene
de lo profundo de los tiempos; pero,
de nuevo, hoy adquiere características
especiales. Veamos: el de la persuasión
es un oficio extraordinariamente
sofisticado que en buena parte se
basa en el desconocimiento real
por parte del cliente del verdadero
contenido de la oferta. Si antes,
por habilidoso e ingenioso que también
pudiera ser el ejercicio de la persuasión,
éste se hacía en grupos
o circuitos reducidos, las modernas
técnicas de comunicación
lo han convertido en un ejercicio
de masas, algo parecido a la diferencia
que hay entre ser hipnotizado en
la consulta de un médico
o participar en un espectáculo
de hipnotismo colectivo en un teatro
abarrotado de público.
La sociedad de consumo,
y en especial la sociedad del consumo
innecesario -o, para no herir susceptibilidades,
del consumo prescindible, que es
el más extendido-, ha criado
a un monstruo cuya misión
fundamental es convencernos de que
la única necesidad positiva
y verdadera es la de adquirir; lo
que sea, pero adquirir. Y su heraldo,
el nuevo triunfador social, es el
vendedor. En definitiva, es la consolidación
de una mentalidad que lo mide todo
en términos de venta y una
moral que lo justifica todo por
el mismo medio.
Ahora volvamos a
la pregunta origen de este comentario:
¿Desea usted adquirir Europa?
Alguien, al parecer, está
dispuesto a vendérsela. No
uno cualquiera, no: los jefes. La
contaminación de este nuevo
valor supremo, el de la venta, llega
a todas partes, entra en todos los
despachos, circula por la sangre
de todos los ciudadanos, no hay
otro modo de triunfar y vencer que
vender lo que sea. Incluso la idea
de Europa desde los despachos del
poder.
Aquí es donde
radica la perversidad de la afirmación
de los líderes que se lamentaban
de no haber sabido vender esa idea
de Europa a sus conciudadanos. Vamos
a olvidar por un momento que la
mayoría de ellos ha estado
más por debatir cuestiones
y ajustar cuentas nacionales que
europeas. Vamos incluso a dejar
de lado algo tan importante como
es el hecho de que la Unión
Europea es antes un proyecto económico
que una voluntad política.
Vamos a aparcar el hecho de que
la Europa que pretende acogernos
se ha pactado por la clase política
prácticamente a espaldas
de la gente. Hay otro asunto más
importante a la vista de los resultados
de las últimas elecciones.
Como sabemos, se ha llegado a un
acuerdo de Constitución europea
que ha de ser refrendado bien por
los Parlamentos de cada país
miembro, bien por referéndum.
Hasta donde hemos podido saber,
es una Constitución más
difícil de interpretar para
el ciudadano medio que la letra
del contrato de una hipoteca o un
seguro, que ya es decir. A la vez,
la dimensión histórica
de un territorio como Europa revela
que nos encontramos ante un acontecimiento
de proporciones extraordinarias,
un cambio geopolítico, social
y cultural hasta ahora desconocido
que, de cumplirse, es crucial para
nuestro futuro y el de nuestros
descendientes y para el equilibrio
del mundo. ¿Alguien piensa
que semejante acontecimiento puede
salir adelante por medio de una
buena venta? Es de suponer que sí,
pues la habilidad desarrollada por
la mentalidad vendedora del Occidente
actual parece tener menos fronteras
que las que delimitan a los Estados
miembros de la UE, pero ¿deseamos
comprar o deseamos entender?, ¿deseamos
ser una inmensa superficie comercial
o un proyecto político y
convivencial de gran alcance?
En este último
caso conviene limpiarse la mente
y sustituir la palabra vender por
la palabra convencer, y para convencer
es necesario explicar primero. No
vender: explicar. Ése ha
sido el gran fallo: no explicar
el proyecto, su sentido social y
su dimensión histórica.
Quizá, al faltar aún
tanta voluntad política,
se considere que aún no es
el momento, pero, en cualquier caso,
es imprescindible definir el proyecto
si queremos convertirnos en algo
más que mercancía
(lo cual nos pondría en peligro
de caducar o de ser revendidos el
día de mañana al mejor
postor, bien pensándolo).
No vender, sino
explicar; no comprar, sino apreciar;
no desentenderse, sino saber; no
transigir, sino decidir. Porque
lo cierto es que, ante semejante
proyecto histórico (o catástrofe
utópica, quién sabe),
ante una decisión de tan
extraordinarias consecuencias, no
queremos que nos vendan Europa,
queremos contribuir a hacerla. Y
para empezar, exigimos una explicación.