La
sede de Transparencia Internacional
(TI) en Berlín es austera,
como si quisiera predicar con el
ejemplo. Así es también
su presidente y fundador, Peter
Eigen, de 66 años, 25 al
servicio del Banco Mundial (BM)
y 14 sumergido en una lucha sin
cuartel contra la corrupción
en el planeta. En su despacho conviven
fotografías de encuentros
con presidentes y altos funcionarios
junto al recuerdo de su esposa,
su guía y su mayor influencia,
fallecida el año pasado.
El
Semanal. Usted fundó
Transparencia Internacional hace
más de una década,
¿vivimos hoy en un planeta
menos corrupto?
Peter
Eigen. Es difícil
decir algo así. Hay indicios
de que no está aumentando.
Hace 14 años me vi obligado
a abandonar el Banco Mundial por
luchar contra prácticas corruptas
en África. Ahora, es el propio
BM el que enarbola la bandera de
la honradez e impone fuertes sanciones
a las empresas que pagan sobornos.
Soy optimista ante esta nueva conciencia
internacional.
E.S.
¿Qué le llevó
a crear TI?
P.E.
En mi última etapa en el
BM, como director de África
Oriental, me sentía cada
vez más decepcionado. Cuando
decidíamos que un proyecto
era inútil, caro, dañino
para la economía y el medio
ambiente... era el primero en ser
aprobado. La propia comunidad donante
apostaba por él porque beneficiaba
a sus empresas en Alemania, España,
Francia, Japón... Todo el
proceso de toma de decisiones estaba
pervertido por esta sacrílega
alianza entre los proveedores del
norte y los que tomaban las decisiones
en África.
E.S.
Pero usted siguió
en el Banco…
P.E.
Intenté luchar desde dentro,
pero fui instado a no intervenir.
El propio presidente me dijo que
me extralimitaba, que era vergonzante
para el BM y que no estaba autorizado
a seguir adelante mientras fuera
director en África oriental.
Decidí salir. En parte también
por la presión de mi mujer,
que era médica en Kenia y
estaba todos los días con
los pobres. Veíamos que no
había medicinas para los
enfermos, mientras se aprobaban
esos proyectos afines a los intereses
de las grandes compañías
en el norte.
E.S.
El ‘caso Enron’ y demás
escándalos financieros de
los últimos años,
¿han contribuido a mejorar
o a empeorar la situación?
P.E.
Han ayudado mucho al crear
una saludable angustia en el sector
privado. Había excesiva confianza
en las actividades de estas todopoderosas
compañías. El estallido
de estos escándalos ha sido
una llamada de atención a
la sociedad, al mundo, para que
preste atención.
E.S.
¿Qué formas adopta
la corrupción en Europa?
P.E.
La financiación de partidos
políticos es un problema.
Algunos países, como Alemania,
tienen buenos sistemas, pero si
los políticos violan la ley,
incluso el mejor sistema no sirve.
Los constantes casos de financiación
ilegal de campañas electorales
en EE.UU., Francia o Japón
destruyen la imagen de los gobernantes.
Es el talón de Aquiles del
sistema político.
E.S.
¿Conoce algún sistema
que pueda servir como modelo?
P.E.
No. Se debería limitar
el monto que los partidos pueden
gastar y perfeccionar los mecanismos
de control del dinero donado.
E.S.
¿Notan que su trabajo influye
sobre los corruptos?
P.E.
Algunos se enfadan mucho. Recuerdo
la reacción de Sánchez
de Losada, por ejemplo, expulsado
hace un año de la Presidencia
de Bolivia. Estaba en plena campaña
electoral y Bolivia apareció
muy mal calificada en el índice
que publicamos anualmente de percepción
de la corrupción en varios
países. Nos culpó
de haber arruinado sus posibilidades.
El presidente argentino Carlos Menem
nos llamó criminales y enemigos
de Suramérica. Fue muy satisfactorio
cuando lo condenaron por corrupción
al acabar su mandato.
E.S.
¿Ustedes investigan o denuncian
casos concretos?
P.E.
Generalmente, no. Preferimos dejar
ese trabajo en manos de los periodistas
y de la justicia. Investigar compañías
como Enron requiere muchos recursos
y desgasta mucho. Nos centramos
en buscar las debilidades del sistema
para ver cómo puede ser cambiado,
y en encontrar fórmulas para
que empresas y gobiernos se unan
a nosotros. No queremos ser vistos
como una organización que
busca la confrontación. Si
fuera así, no confiarán
en nosotros y no nos harán
caso.
E.S.
Tampoco debe de ser fácil
dirigirse a alguien tan poderoso
y decirle o preguntarle si es un
corrupto, ¿qué estrategia
siguen para acercarse a estas compañías?
P.E.
Le pongo un ejemplo. Cuando empezamos
con TI, supimos de pagos de sobornos
en Indonesia y en el Oriente asiático.
Invitamos a 20 ejecutivos de empresas
como Siemens, Daimler-Chrysler,
Telekom... Decían que eso
no era corrupción, sino parte
de la cultura local. En tres años,
a lo largo de varias reuniones,
logramos que admitieran que lo que
hacían se consideraría
corrupción en Europa. Aun
así nos dijeron que el problema
era que todo el mundo lo hacía.
Que si paraban, sus competidores
se quedarían con los contratos.
E.S.
¿Y cuál es la solución?
P.E.
Se debe crear un ambiente en el
que robar sea algo arriesgado. Tampoco
hay que irse al extremo de China,
donde todos los años centenares
de funcionarios son fusilados por
corrupción. Eso es una barbaridad
y, además, no sirve de nada.
Las estructuras que permiten que
florezca permanecen intactas. Hace
unos años, los países
más ricos del mundo y algunos
en desarrollo, 35 en total [España
entre ellos], firmaron la Convención
Antisoborno de la OCDE, que determina
que si un empresario da dinero por
debajo de la mesa en el exterior,
será castigado en su país.
Entró en vigor en 1999, aunque
seguimos a la espera de los primeros
juicios en los estados signatarios.
E.S.
¿Cree que hay voluntad política
de acabar con el problema?
P.E.
Los partidos corruptos
no tienen el menor interés
en cambiar el statu quo. Y muchos
presidentes honestos temen enfrentarse
a la corrupción porque es
algo que conlleva grandes riesgos
políticos. Hay enormes intereses
creados. Y está la cuestión
de la imagen. Cuando un Gobierno
lucha contra los corruptos, se da
la impresión de que el robo
está aumentando, simplemente
porque las portadas de los diarios
comienzan a hablar del asunto.
E.S.
Precisamente, el último índice
de TI refleja un aumento de la percepción
de la corrupción en EE.UU.
La primera potencia mundial ¿no
debería dar ejemplo?
P.E.
Por supuesto que debería
hacerlo. La Ley Antisobornos de
1977, bajo la Presidencia de Jimmy
Carter, es un modelo de legislación
y liderazgo. Sin embargo, la atmósfera
actual está convirtiendo
a EE.UU. en un mal ejemplo para
el mundo. Estamos muy decepcionados
con los contratos de miles de millones
de dólares entregados a compañías
conectadas con políticos
de Washington sin adecuados procedimientos
de elección. Preferiría
que la mayor parte de este dinero
se entregase al Banco Mundial o
a Naciones Unidas, con sus reglas
más transparentes.
E.S.
¿Afirma que en Irak se está
dando un reparto del botín?
P.E.
Bueno, ése es un asunto demasiado
político, pero la transparencia
en la distribución de los
contratos es una cuestión
que ha de ser controlada.
E.S.
Rusia parece un caso especial. La
corrupción campa a sus anchas
y Occidente cierra los ojos, ¿por
qué?
P.E.
Lo que ha pasado en Rusia ha sido
tan rápido y sin control,
privatizando apresuradamente, introduciendo
el libre mercado en muchos sectores
demasiado deprisa… A raíz
de este proceso han surgido grupos
muy poderosos, como Yukos, algo
parecido a lo que ocurrió
en EE.UU. hace 100 años con
los Rockefeller y demás familias
que monopolizaron ciertos sectores
productivos. Tenemos la percepción
de que se están dando las
primeras señales de un nuevo
frente con voluntad de acabar con
la corrupción en el Gobierno.
Creo que en el futuro Putin comenzará
a moverse en esta dirección
cada vez con más empeño,
porque quiere ser parte del sistema
internacional.
E.S.
¿Cómo afecta la corrupción
al subdesarrollo?
P.E.
Los cálculos señalan
una cifra terriblemente triste:
un tercio de la deuda externa del
Tercer Mundo fue a parar al bolsillo
de políticos y funcionarios
corruptos. Y esa estimación
es, probablemente, muy conservadora.
Piense bien: un país con
recursos naturales inigualables,
en muchos aspectos incluso más
rico que EE.UU., con un potencial
tremendo, pero sumergido en una
situación infernal por causa
de la corrupción. Ésa
es la descripción de Nigeria,
una nación riquísima
en petróleo donde la corrupción
causa sufrimientos increíbles
a las personas más pobres.
Es mortal y monstruosa.
E.S.
¿Cree que todas esas prácticas
que menciona forman parte de la
cultura de esos países?
P.E.
El presidente nigeriano, Olusegun
Obasanjo, por ejemplo, está
muy indignado con esa idea de que
la corrupción es parte del
sistema de valores de las sociedades
tradicionales. Es verdad que es
habitual hacer regalos de un jefe
a otro, pero se hace de una forma
abierta, porque lo que se quiere
es honrar a esa persona con bellos
objetos. Nada que ver con realizar
una transferencia a una cuenta secreta
de alguien por un monto de varios
millones de dólares, para
que esa persona (un ministro, un
presidente o el líder de
un sector estratégico en
la economía del país),
en quien la gente ha depositado
una confianza, tome una decisión
equivocada. Creo, sinceramente,
que la integridad es la mejor arma
contra la corrupción.
Fernando
Goitia