Quién
es James Lovelock (por Paz
y Justicia) |
| Esatmos
tan acostumbrados al "Nucleares
no" de los ecologistas,
que nos puede parecer que el
autor de este artículo
es un poderoso jefazo de la
industria nuclear. Pero no.
James Lovelock es uno de los
mayores ecologistas vivos (y,
además, fue de los primeros).
Es esècialista en química
atomósferica. Ha trabajado
y ejerjido la docencia en múltiples
y prestigiosas e instituciones.
Y hay que sumar el que es el
autor de la llamada "hipótesis
Gaia": la Tierra no es
un lugar donde habitan multitud
de organismos, sino que ELLA
MISMA ES UN ORGANISMO que, como
todos, se autorregula, tiene
mecanismos de defensa, crece,
elimina algunas de sus partes
en beneficio de otras (como
el que se quita una muela picada),
etc. Para muchos, James Lovelock
logró demostrar matemáticamente
la hipótesis Gaia, con
lo que hubiera pasado a ser
la "teoría Gaia".
Pero eso ya no es de acuerdo
común. Lo que está
claro es que James Lovelock
no habla de la energía
nuclear desde la ignorancia.
Que se esté de acuerdo
con él o no, es otra
cosa. |
No
tenemos tiempo para investigar con
visionarias fuentes de energía;
la civilización está
en peligro inminente. Sir David
King, principal científico
del Gobierno británico, tenía
razón cuando dijo que el
calentamiento del planeta es una
amenaza más grave que el
terrorismo. Incluso puede haber
subestimado el peligro, porque,
desde que lo dijo, han surgido nuevos
indicios de cambio climático
que dan a entender que podría
ser aún más grave
y convertirse en el mayor peligro
al que se ha enfrentado la civilización
hasta ahora. La mayoría de
nosotros somos conscientes de cierto
calentamiento: los veranos son más
cálidos y la primavera llega
antes. Pero en el Ártico,
el calentamiento es más del
doble del experimentado aquí,
en Europa, y durante el verano,
torrentes de agua procedente del
deshielo caen ahora de los altísimos
glaciares de Groenlandia. La completa
disolución de las montañas
de hielo de Groenlandia llevará
tiempo, pero para entonces el mar
habrá subido siete metros,
lo suficiente como para volver inhabitables
todas las ciudades costeras del
mundo, como Londres, Venecia, Calcuta,
Nueva York y Tokio. Hasta un ascenso
de dos metros es suficiente para
anegar bajo el agua la mayor parte
del sur de Florida. El hielo que
flota en el océano Ártico
es incluso más vulnerable
al calentamiento; en 30 años,
este hielo blanco reflectante, que
ocupa un área del tamaño
de Estados Unidos, puede convertirse
en un oscuro mar que absorba el
calor de la luz veraniega y acelere
aún más el final del
hielo de Groenlandia. El Polo Norte,
objetivo de tantos exploradores,
no será entonces más
que un punto en la superficie océanica.
No sólo el Ártico
está cambiando; los climatólogos
advierten que un ascenso de la temperatura
de cuatro grados es suficiente para
eliminar las enormes selvas amazónicas,
una catástrofe para sus pobladores,
para su biodiversidad y para el
mundo, que perdería uno de
sus grandes acondicionadores de
aire naturales. Los científicos
que forman el Panel Intergubernamental
sobre el Cambio Climático
informaron en 2001 de que la temperatura
del planeta subiría entre
dos y seis grados de aquí
a 2100. Su lúgubre predicción
se hizo perceptible en el excesivo
calor del verano pasado; y, de acuerdo
con los meteorólogos suizos,
la oleada de calor que abarcó
toda Europa y mató a 20.000
personas fue completamente distinta
de cualquier oleada de calor anterior.
Las probabilidades de que se tratara
de una mera desviación de
la norma son de una contra 300.000.
Era una advertencia de lo peor que
aún está por venir.
Lo que convierte al calentamiento
de la Tierra en algo tan grave y
urgente es que el gran sistema terrestre,
Gaia, está atrapado en un
círculo vicioso de reacción
positiva. El exceso de calor de
cualquier fuente, ya sean los gases
invernadero, la desaparición
del hielo del Ártico o de
las selvas amazónicas, se
amplifica, y sus efectos son superiores
a la mera suma. Es casi como si
provocáramos un fuego para
calentarnos y no nos diéramos
cuenta, al apilar el combustible,
de que el fuego se había
descontrolado e incendiado los muebles.
Cuando esto sucede, queda poco tiempo
para apagar el fuego antes de que
consuma la casa. Igual que un incendio,
el calentamiento del planeta se
está acelerando y casi no
queda tiempo para actuar.
¿Qué deberíamos
hacer? Podemos seguir simplemente
disfrutando de un siglo XXI más
cálido mientras dure, y hacer
que los intentos de maquillaje,
como el Tratado de Kioto, oculten
la vergüenza política
del calentamiento del planeta, y
esto es lo que me temo que ocurrirá
en buena parte del mundo. Cuando,
en el siglo XVIII, sólo vivían
en la Tierra 1.000 millones de personas,
su impacto era suficientemente reducido
como para que no importara la fuente
de energía que usasen. Pero
con 6.000 millones y en aumento,
quedan pocas opciones; no podemos
seguir sacando la energía
de los combustibles fósiles
y no hay posibilidad de que las
fuentes renovables, viento, mareas
y corrientes de agua, consigan proporcionar
energía suficiente y a tiempo.
Si tuviéramos 50 años
o más, podríamos convertirlas
en nuestras fuentes principales.
Pero no tenemos 50 años;
la Tierra está ya tan discapacitada
por el insidioso veneno de los gases
invernadero, que incluso si abandonáramos
todos los combustibles fósiles
inmediatamente, las consecuencias
de lo que ya hemos hecho durarían
1.000 años. Cada año
que seguimos quemando carbono empeora
las perspectivas para nuestros descendientes
y para la civilización.
Peor aún, si quemásemos
cosechas plantadas ex profeso para
obtener combustible, podríamos
acelerar nuestro declive. La agricultura
ya usa una parte muy elevada del
espacio que necesita la Tierra para
regular su clima y su química.
Un coche consume entre 10 y 30 veces
más carbono que su conductor;
imaginemos cuánto terreno
más haría falta para
alimentar el apetito de los coches.
Desde todos los puntos de vista,
debemos usar de manera sensata la
pequeña aportación
que poseemos de las energías
renovables, pero sólo hay
una fuente inmediatamente disponible
que no provoque calentamiento planetario,
y ésa es la energía
nuclear. Cierto que la combustión
de gas natural libera sólo
la mitad del dióxido de carbono
que la del carbón o el petróleo,
pero el gas no quemado es un agente
invernadero 25 veces más
potente que el dióxido de
carbono. Hasta una pequeña
fuga neutralizaría la ventaja
del gas.
El panorama es desolador, e incluso
si actuamos con eficacia en la mejora,
nos quedan todavía tiempos
difíciles, como en una guerra,
que pondrán a nuestros nietos
en situaciones límite. Somos
fuertes y haría falta algo
más que una catástrofe
climática para eliminar todas
las parejas humanas con capacidad
reproductiva; lo que corre riesgo
es la civilización. Como
animales individuales no somos tan
especiales, y en algunos aspectos
constituimos una enfermedad planetaria,
pero con la civilización
nos redimimos y nos convertimos
en un activo precioso para la Tierra;
en buena medida, porque a través
de nuestros ojos la Tierra se ha
visto en toda su gloria. Está
la posibilidad de que podamos salvarnos
gracias a un acontecimiento inesperado,
como una serie de erupciones volcánicas
suficientemente graves como para
bloquear la luz solar y enfriar
la Tierra. Pero sólo los
perdedores se jugarían la
vida por una apuesta con tan pocas
probabi-lidades. Con todas las dudas
que pueda haber sobre los climas
futuros, no cabe duda de que los
gases invernadero y las temperaturas
están aumentando.
Nos hemos mantenido en la ignorancia
por muchas razones; entre ellas,
una de las importantes es la negación
del cambio climático en Estados
Unidos, cuyos gobiernos no han dado
a los meteorólogos el apoyo
necesario. Los grupos de presión
ecologistas, que deberían
haber dado prioridad al calentamiento
del planeta, parecen más
preocupados por las amenazas a las
personas que por las amenazas a
la Tierra, sin darse cuenta de que
formamos parte de la Tierra y dependemos
por completo de su bienestar. A
lo mejor hace falta un desastre
peor que las muertes acaecidas el
pasado verano en Europa para despertarnos.
La oposición a la energía
nuclear se basa en el temor irracional
alimentado por la ficción
a lo Hollywood, los grupos de presión
ecologistas y los medios de comunicación.
Se trata de unos temores injustificados,
y desde su inicio en 1952, la energía
nuclear ha demostrado ser la más
segura de todas las fuentes de energía.
Debemos dejar de asustarnos por
los diminutos riesgos estadísticos
de cáncer provocados por
sustancias químicas o por
las radiaciones. De todas formas,
casi la tercera parte de todos nosotros
morirá de cáncer,
principalmente porque respiramos
un aire cargado con un carcinógeno
que todo lo invade: el oxígeno.
Si no concentramos nuestra mente
en el peligro real, que es el calentamiento
del planeta, podemos morir incluso
antes, como hicieron más
de 20.000 desventurados europeos
por el exceso de calor del verano
pasado.
Me parece triste e irónico
que el Reino Unido, que lidera el
mundo por la calidad de sus expertos
en geología y climatología,
rechace sus advertencias y sus consejos
y prefiera escuchar a los ecologistas.
Pero yo soy ecologista y ruego a
mis amigos del movimiento que abandonen
su equivocada objeción a
la energía nuclear. Incluso
aunque tuvieran razón respecto
a sus peligros, que no la tienen,
su uso en todo el mundo como principal
fuente de energía supondría
una amenaza insignificante en comparación
con los peligros de unas oleadas
de calor intolerables y mortales,
y de un ascenso del nivel del mar
capaz de anegar todas las ciudades
costeras. No tenemos tiempo para
experimentar con fuentes de energía
visionarias; la civilización
se encuentra en peligro inminente
y tiene que usar la energía
nuclear, la única fuente
de energía segura de que
disponemos ahora, o sufrir el dolor
que pronto nos infligirá
nuestro ultrajado planeta.