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"...Septiembre aúlla todavía su doble saldo escalofriante
todo sucede un mismo día gracias a un odio semejante.
Y el mismo ángel que allá en Chile vio bombardear al presidente,
ve las dos torres con sus miles cayendo inolvidablemente..."
(Silvio Rodríguez)
La humanidad, en muchas
ocasiones, padece una amnesia selectiva, que cubre de sombras y hojas secas
algunos acontecimientos que marcaron a sangre y fuego a los continentes pobres
del planeta. Pero en cambio, posee una asombrosa memoria para recordar aquellos
hechos que acontecieron en los países del primer mundo.
Evidentemente, esta cuestión
no puede emparentarse con el azar, sino que, en gran medida, se encuentra íntimamente
relacionada con los grandes medios de comunicación social que muchas veces "...
se empeñan en mantener el status
quo y aún en crear un nuevo estado de dependencia - dominación ... manipulando
la información, callando, alterando o inventado el contenido de la misma,
con gran desorientación para la opinión pública..." (Puebla,
1069-1070).
Un claro ejemplo de esta
situación se "conmemora" todos los
11 de septiembre, fecha en la que a nivel mundial se recuerda el trágico
atentado que, en el año 2001, Al Qaeda realizó contra las Torres Gemelas
de New York. Este hecho, que fue la respuesta de un "grupo étnico" que
durante décadas vio violentados,
simbólica y militarmente, sus derechos humanos y económicos, no puede ser
defendido ni avalado bajo ningún punto de vista ya que, entre otras tantas
cuestiones, en dicho siniestro murieron cientos de civiles que, seguramente,
lejos estaban ideológicamente de las políticas llevadas adelante por el gobierno
estadounidense de uso, dominación, explotación y violación del mundo árabe.
Ahora
bien, salvo en honrosas excepciones, en líneas generales, acontece
que en el mundo en general, y en América Latina en particular, si bien se
hace referencia a este atentado y se lo repudia con diferentes actos, en
forma paralela se omite, trágicamente, recordar que hace poco mas de 30 años,
un mismo 11 de septiembre en Chile se producía, monitoreado y dirigido por
los Estados Unidos, un golpe de estado encabezado por Pinochet que derrocó al
presidente constitucional Salvador Allende.
Este fue uno de los tantos golpes de estado contra gobiernos democráticos
y populares del continente latinoamericano que a lo largo de la década del
70 existieron. Pero tal vez, fue una de las pocas veces en las que con absoluta
impunidad y desparpajo, desde la Casa Blanca, Henry Kissinger planteaba: "Yo
no veo por que tendríamos que quedarnos cruzados de brazos ante un país
que se vuelve comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo" (en
Galeano, E., Patas Arriba. La escuela del mundo al
revés. Ed. Catálogos,
1999, pag. 321).
Claro está que no
se trata de evaluar cuál de los dos hechos fue mas doloroso, ya que en
ambos acontecimientos murieron personas y, por ende, tanto uno como otro
son repudiables y rechazables, ya que la vida y la muerte dependen únicamente
del Señor.
Más bien, el problema radica en que partiendo del olvido de las atrocidades
que fueron cometidas a nivel continental, en el mejor de los casos puede
decirse que los habitantes de América Latina poseen una identidad frágil,
en ocasiones mas endeble que una pompa de jabón, a partir de la cual los
latinoamericanos viven en un estado de constante dominación y sumisión hacia
políticas e intereses “foráneos” que, sostenido sobre la base de la desmemoria,
hace imposible que tomen conciencia de que, en repetidas ocasiones, el bienestar
y la prosperidad de los grandes grupos económicos y políticos mundiales se
vincula en forma directa con las desazones continentales.
Éstas, entre
tantas otras, constituyen las gravísimas "... consecuencias
que entraña para nuestros países su dependencia de un centro de poder económico,
en torno al cual gravitan. De allí resulta que nuestras naciones, con frecuencia
no son dueñas de sus bienes, ni de sus decisiones económicas ... " ni de
su historia (Medellin, II Paz, 8).
Por estas razones,
y con el propósito de construir una identidad latinoamericana
fuerte, que pueda posicionarse en el mundo " de igual a igual " con otras
comunidades, sería importante recordar entre otros tantos hechos, que en
la década del 70 del siglo pasado, un 11 de septiembre de 1973, el gobierno
popular y democrático de Salvador Allende, tuvo sentencia de muerte, y su
incipiente vuelo de justicia y paz social, se vio asfixiado en manos del
General Augusto Pinochet, quién, como muchas veces aconteció con las clases
dominantes de América Latina, privilegió los intereses de las grandes empresas
por sobre el bienestar popular, y empujó a los chilenos a un tiempo oscuro
de desdichas, desencuentros y un total irrespeto por los derechos humanos
y garantías constitucionales.
En este sentido, en
América Latina, continente predominantemente cristiano
y sufrido por los diferentes avatares que padeció a lo largo de su historia,
urge que se produzca una Nueva Evangelización -cf. Santo Domingo, 13 ss-,
que bajo la luz del Evangelio brinde respuesta a millones de latinoamericanos
que, sobreviviendo en situaciones de violencia material -que se traduce
en crecientes márgenes de injusticia y desigualdad social - y simbólica -que
partiendo del olvido de la historia continental, favorece la existencia de
una identidad latinoamericana endeble-, claman por la construcción de
un nuevo orden económico, social y político que promueva el conocimiento
y el recuerdo de los acontecimientos que marcaron a sangre al continente, "...
liberando al dolor por el dolor, esto es asumiendo
la Cruz y convirtiéndola
en fuente de vida pascual ..." (Puebla, 278); en el que exista un pleno
respeto por los derechos humanos; y en donde los pueblos posean una absoluta
capacidad de autodeterminación sobre sus vidas, sin que sus decisiones se
vean interferidas, en los mas mínimo, por los grandes grupos de poder económico
que siempre buscan a nivel mundial implementar sus políticas
en favor de unos pocos, y en desmedro de millones de hombres y mujeres.
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