El
asesinato, el pasado domingo en
Grozni, de Ajmad Kadírov,
presidente prorruso de Chechenia,
es un recordatorio más de
que la guerra que se libra en la
república caucásica,
formalmente integrada en la Federación
Rusa, está lejos de haber
concluido. Poco cuenta que lo proclame
el Kremlin desde hace más
de tres años, desde que unos
100.000 combatientes del Ejército
y el Ministerio del Interior completaran
la conquista -tras bombardeos masivos
de los principales núcleos
urbanos- de este territorio de 15.700
kilómetros cuadrados (menos
que la provincia de Zaragoza) y
1.100.000 habitantes.
La comparación con Irak es
inevitable. Como en este país,
que se ha convertido en un avispero
para EE UU, la fase estrictamente
militar del conflicto ha degenerado
en en una frágil y precaria
ocupación desafiada día
a día por un enemigo invisible
que utiliza tácticas de guerrilla,
mientras que hace aguas por todas
partes el intento de entregar el
poder, al menos en teoría,
a jefes locales.
Podría haber sido una guerra
romántica. Lo fue alguna
vez, pero el rumbo que ha tomado
el mundo apenas deja ya espacio
al romanticismo. Si quedan héroes,
están ocultos bajo una montaña
de verdugos y de víctimas,
chechenos y rusos. Pushkin (El prisionero
del Cáucaso), Lermontov (Un
héroe de nuestro tiempo),
Tolstói (Hayi Murat, Los
cosacos) y hasta Alexandre Dumas,
padre, entre otros, rindieron homenaje
literario a las irreductibles gentes
de las montañas que nunca
se sometieron a la dominación
rusa, que protagonizaron rebelión
tras rebelión y que llegaron
a compartir con sus más acérrimos
enemigos, los cosacos que protegían
las fronteras del imperio zarista,
un cierto respeto compatible con
el odio.
La bota rusa, siempre la bota rusa.
En el siglo XIX, fue la bota brutal
de los zares, personificada por
el virrey Yermólov (fundador
de Grozni, terrible en ruso), con
cuya memoria se mete miedo a los
niños chechenos, y que luego
tuvo su contraparte en el imam Shamil,
un mito para los independentistas,
el espejo en el que se miran hoy
señores de la guerra como
Shamil Basáyev. En el siglo
XX, fue la bota implacable de Stalin
y la arbitraria y errática
de Yeltsin. Y en lo que va del XXI,
es la bota fría y calculadora,
pero igualmente sin piedad, de Vladímir
Vladimírovich Putin, al que
la segunda guerra chechena, iniciada
en septiembre de 1999, catapultó
al Kremlin, al rebufo de salvajes
atentados en Moscú y otras
ciudades que causaron cerca de 300
muertos y sobre cuya autoría,
que se atribuyó a los chechenos,
persisten serias dudas.
La bota rusa
La bota rusa. Aplastando, en ocasiones
hasta el límite del exterminio,
el genocidio y la limpieza étnica
(ése fue el caso de la deportación
masiva de los chechenos a las estepas
de Kazajistán en 1944). Incapaz
siempre de zanjar el problema ni
por la vía militar ni por
la política. Ha habido treguas
-algunas, en tiempos soviéticos,
de muchas décadas-, pero
nunca una integración completa
de los chechenos en Rusia. Si acaso,
un modus vivendi, una coexistencia
más o menos pacífica,
pero frágil, con diferencias
étnicas, religiosas y de
carácter soterradas, con
odios ancestrales latentes, que
se empeñan en demostrar,
más allá de las fronteras
oficiales, que Chechenia no es Rusia,
y que así lo entienden, hoy
mismo, rusos y chechenos.
Los dirigentes rusos, que se sienten
incomprendidos por un Occidente
que critica las atrocidades que
cometen sus tropas, que plantean
el conflicto como un episodio más
de la guerra mundial contra el terrorismo,
que llegan a comparar la situación
con la de Irlanda del Norte o el
País Vasco, actúan
con frecuencia en Chechenia como
en un país extranjero.
En su último viaje a Grozni,
hace unos días, Putin reconoció
que el aspecto de la ciudad desde
el aire es "horrible".
Un paisaje lunar de edificios destruidos
hasta quedar en la carcasa o convertidos
en montones de escombros en los
que parte de los 400.000 habitantes
que llegó a tener la ciudad
se esfuerza por sobrevivir. Pero
a Grozni no la ha destruido ni un
terremoto ni una fuerza invasora
extranjera, sino las bombas lanzadas
por aviones, tanques y cañones
en la primera guerra (diciembre
de 1994-agosto de 1996), con Yeltsin
en el Kremlin, y en la segunda (iniciada
en septiembre de 1999), decidida
también por el zar Borís,
pero proseguida con entusiasmo intransigente
por su sucesor, Putin que subo sacar
de ella un gran partido político.
El checheno no es un compatriota,
sino un enemigo potencial. Por doquier,
en Rusia, se le mira con recelo
y, por extensión, al caucásico
de piel oscura. En Moscú,
la policía les acosa, convirtiendo
la extorsión en industria.
El acoso se convierte en persecución
tras acciones terroristas tan espectaculares
como las ya citadas de septiembre
de 1999, la matanza en el metro
(39 muertos, febrero de 2004); la
del concierto de rock (14 muertos,
julio de 2003) y la toma del teatro
Dubrovka, que se saldó con
más de 150 muertos, incluidos
todos los miembros del comando checheno
y más de 100 rehenes, víctimas
del gas letal empleado por los hombres
de Harrelson rusos. Casi nadie en
Rusia echó entonces en cara
a Putin haber causado la muerte
de tantos inocentes. Antes al contrario,
su popularidad subió varios
puntos. Claro que, en Rusia, a veces
la vida no vale nada, y menos la
de un checheno. En la república
caucásica, entretanto, la
convivencia entre rusos y chechenos,
que en tiempos soviéticos
pareció posible, está
también herida de muerte.
La pax rusa en Chechenia
se apoya precariamente en una administración
civil títere de Moscú
y descabezada por la bomba que mató
el pasado domingo a Kadírov,
un pragmático líder
religioso y político, marcado
como colaboracionista, que había
sobrevivido ya de milagro a varios
intentos de asesinato. Ojo por ojo:
apenas cuatro meses antes, el ex
presidente independentista Zelinján
Yandarbíyev había
muerto por la explosión de
un coche bomba en Qatar. Moscú
lo niega, pero es difícil
no sospechar de la larga mano de
los servicios secretos rusos. Otro
presidente checheno, Dzhojar Dudáiev,
corrió el mismo trágico
destino en 1996, alcanzado por un
misil tras ser localizado vía
satélite mientras hablaba
por teléfono.
Es ésta una paz más
visible de día que de noche
(pocos soldados se aventuran fuera
de sus acuartelamientos cuando se
oculta el sol); más en el
norte llano que en el sur montañoso,
propicio a las emboscadas, con una
porosa frontera con Georgia al otro
lado de la cual querría Putin
ejercer el derecho de persecución.
Es una paz que no se compadece con
la existencia de decenas de miles
de refugiados en Ingushetia y otras
repúblicas vecinas, con los
asesinatos y desapariciones de civiles,
con la acción de los escuadrones
de la muerte, con la pasividad de
los jueces en los pocos casos de
abusos y atrocidades que llegan
a los tribunales. Una paz que los
periodistas sólo pueden contemplar
en visitas guiadas por el Ejército.
Una paz sin apenas testigos independientes.
Es otra fase de una guerra que Rusia
no puede perder, pero que es incapaz
de ganar, pese a ser una lucha de
David contra Goliat, habida cuenta
de la desproporción entre
las fuerzas en conflicto: tal vez
un par de miles de boievikí
(con una red de apoyo imposible
de controlar en una sociedad de
clanes) contra 63.000 efectivos
rusos (de Defensa e Interior) y
10.000 chechenos. Todo ello sin
que, como en el caso de la guerra
de EE UU en Afganistán, la
máquina militar del Kremlin
sea capaz siquiera de capturar a
los dos grandes jefes enemigos:
el ex presidente Aslán Masjádov
y el señor de la guerra Shamil
Basáyev.
Armas y dinero
Años antes del 11-S, Rusia
ya denunciaba la larga mano de Osama
Bin Laden tras la rebelión
chechena. El Kremlin llegó
a albergar planes intervencionistas
en Afganistán, durante el
régimen de los talibanes,
para destruir los campos de entrenamiento
de chechenos en ese país.
Entonces y ahora, no está
claro cómo se financia la
guerrilla, aunque quedan pocas dudas
de que, en buena medida, tiene el
color verde de las cofradías
saudíes. Porque, inevitablemente,
la rebelión independentista
se ha teñido de islamismo.
En cuanto a las armas, fue vox populi
en la primera guerra, y en buena
medida lo es en la segunda, que,
además de las que puedan
conseguir en el exterior o de las
que roben a la fuerza ocupante,
los rebeldes las compran a los desmotivados
soldados rusos.
Desgraciadamente, una Chechenia
independiente supondría apenas
una leve esperanza de libertad y
progreso. Hay un precedente: lo
que ocurrió entre agosto
de 1996 y septiembre de 1999. La
república caucásica,
por una vez sin la bota rusa encima,
fue entonces un caos resultado del
conflicto de intereses entre señores
de la guerra, muchos de ellos auténticos
bandidos que vivían de la
industria del secuestro. Eso alejó
de Chechenia a periodistas y cooperantes
extranjeros. Eso alienó a
los rebeldes las simpatías
conquistadas cuando humillaron al
Ejército Rojo entre la Nochevieja
de 1994 y agosto de 1996. Y eso
hace mirar al futuro con desesperanza.