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Esta
obra "El Protocolo de Kioto en 10 preguntas"
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para ver las condiciones legales.
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Escrito
por
Pablo Genovés Azpeitia, Inmaculada Domingo
Hernando, Jesús Villagra Simón
y Equipo de Paz y Justicia |
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¿Qué
es el Protocolo de Kioto? |
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El
Protocolo de Kioto es un acuerdo
internacional, que promovió
la ONU, destinado a frenar uno
de los mayores problemas ambientales
-si no el mayor- de nuestro
planeta: el llamado “efecto
invernadero”. El
“efecto invernadero”
nace de la actividad industrial
y humana de los países
desarrollados. Tal actividad
produce una serie de gases
contaminantes que se van acumulando
en la atmósfera, y
crean en ella una capa que
concentra el calor sobre la
superficie terrestre, del
mismo modo que lo hace el
plástico de un invernadero.
Al mismo tiempo, esos gases
van destruyendo lenta pero
inexorablemente la capa de
ozono que protege nuestro
planeta de los rayos dañinos
que nos llegan del Sol.
El
protocolo de Kioto fue firmado
en esa ciudad nipona el 11
de diciembre de 1997, y se
estipuló que entraría
en vigor el 16 de febrero
de 2005, dando tiempo, así,
a que cada país fuera
tomando las medidas oportunas.
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¿Hasta
qué punto es grave el “efecto
invernadero”? |
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La
gravedad del “efecto
invernadero” es enorme.
Como decíamos arriba,
los gases contaminantes
que contempla el Protocolo
de Kioto forman como un
muro que rodea a la Tierra:
-
Ese
muro impide que el calor
que emite nuestro planeta
-tanto el proveniente
del lógico calentamiento
por el sol, como el que
produce la actividad humana-
se disperse, por lo que
la temperatura de la atmósfera
va aumentando poco a poco:
se produce el calentamiento
global.
-
Ese muro impide que la
atmósfera se renueve,
por lo que los gases contaminantes
no se eliminan y se suman
a los ya existentes en
la atmósfera.
-
Y, por último,
esos gases van destruyendo
una de las capas que rodea
al planeta protegiéndole
de los rayos nocivos del
sol: la capa de ozono.
Diciéndolo
crudamente: el “efecto
invernadero”
impide que salga
de la Tierra lo
peor que se produce,
y favorece que llegue
de fuera lo peor
que envía
el Sol. Todo ello
tiene consecuencias
gravísimas:
-
El
aumento de la
temperatura del
planeta supone
que el hielo de
los polos y los
glaciares se esté
licuando, lo que
conlleva, nada
menos, un aumento
del nivel del
mar. Mares y océanos
están ganando
terreno a las
superficie seca
de la Tierra,
cambiando –o
rompiendo- los
ecosistemas, conduciendo
a la desaparición
a los deltas y
su benéfico
influjo, impidiendo
los cultivos de
costa, amenazando
a las poblaciones
ribereñas
y costeras, etc.
-
Tampoco hay que
pensar mucho para
comprender que
el calentamiento
global tiene consecuencias
devastadoras para
la agricultura
y la ganadería,
aumenta las zonas
desérticas,
favorece la propagación
de enfermedades
tropicales, cambia
los ciclos vitales
de numerosa flora
y fauna...
-
Y esto sin olvidar
que la ruptura
de la capa de
ozono hace que
aumenten en el
ser humanos algunas
formas de cáncer,
especialmente
el de piel.
Téngase
en cuenta, en fin,
que el calentamiento
global se hace especialmente
peligroso por dos
razones. Por una
parte, no es algo
que se note de un
día para
otro, sino que sus
efectos van apareciendo
casi insensiblemente
de generación
en generación,
por lo que corremos
el riesgo de no
hacer caso a este
problema (sabido
es que el ser humano
tiende a no considerar
algo como un problema
hasta que no me
toca a mí
directa y gravemente).
Y, por otro lado,
hay que decir que
el calentamiento
puede llegar a un
punto sin retorno,
a un punto en el
que el problema
sea de tal magnitud
que ya no haya solución.
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¿Y
por qué no dejamos de usar esos
gases tan peligrosos? |
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Los gases que provocan el efecto
invernadero son el dióxido
de carbono, el metano, el óxido
nitroso, los carburos hidrofluorados
y perfluorados, y el hexafluoruro
de azufre. El
problema es que suprimir por
completo esos gases supondría,
actualmente, prescindir de
muchos aparatos de aire acondicionado,
de neveras, de aerosoles,
de plásticos, de algunos
sistemas de calefacción,
de muchos procesos industriales,
y de un largo etcétera
que incluye nada más
y nada menos que... ¡los
coches, los camiones, los
autobuses...!
Como
no podemos esperar a que la
ciencia encuentre soluciones
alternativas a toda esa larga
lista, el Protocolo de Kioto
empuja a que se produzca una
reducción drástica
en todos aquellos campos en
los que ya es posible emplear
formas de producción
menos contaminante. Pero no
sólo. De hecho, aunque
en los primeros años
de desarrollo del Protocolo
de Kioto casi toda la investigación
se centraba en evitar emisiones
contaminantes, actualmente
la línea de trabajo
se inclina más a lo
referente al sistema energético
mundial, del que se ve que
debe dar un giro de 180 grados
hacia la búsqueda y
utilización de energías
diversas, limpias y renovables,
dejando de lado los combustibles
fósiles: carbón,
petróleo y gas natural.
Esto
afecta, sobre todo, a los
países industrializados.
pero también las naciones
en vías de desarrollo
tienen su parte. Ellas son
–piénsese, por
ejemplo, en los colosos chino
e indio- quienes van a sufrir
primero los efectos más
demoledores del problema,
y a ellos es a quien primero
hay que ayudar para dotarles
de recursos que permitan,
a la vez, su industrialización
y su no emisión de
contaminantes.
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¿Quién
y cuándo tiene que aplicar el Protocolo
de Kioto? |
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El
origen del Protocolo de Kioto
hay que buscarlo en la Cumbre
de la Tierra que, convocada
por la ONU, de celebró
el año 1992 en Río
de Janeiro (Brasil). Allí
se creó la Convención
Marco de Naciones Unidas sobre
Cambio Climático (UNFCCC,
en sus siglas inglesas). La
Convención entró
en vigor en 1994, auspiciada
por 188 países. Tres
años más tarde,
en Kioto (Japón) se
aprueba el Protocolo de esa
Convención, que acuerdan
180 países, dándose
de plazo hasta 2005 para que
cada cual fuera preparándose.
Y, en ese 2005, empezar la
reducción de emisiones,
que debe estar cumplida en
2012. Lo malo es que ese plazo
de preparación ha servido
también, desgraciadamente,
para que de los países
que firmaron el acuerdo en
1997, se hayan descolgado
39, de modo que, finalmente,
el Protocolo ha sido ratificado
por 141.
En
esos 141 países los
hay tanto industrializados
como subdesarrollados. Los
industrializados, que son
30, adquieren la obligación
legal de reducir sus emisiones
de los seis gases dichos arriba
de “efecto invernadero”
en un 5,2% de media respecto
a lo que emitiera cada uno
en 1990, y que esto deben
hacerlo entre 2008 y 2012;
pueden empezar antes, claro,
pero la obligación
legal afecta a ese periodo).
Los países de la Unión
Europea se comprometen a una
reducción media del
8% (un reparto interno de
la propia Unión ha
ampliado o reducido a los
diversos países europeos
las metas fijadas en Kioto);
Japón tiene que reducir
un 7% y Estados Unidos -que,
como se dirá, no ha
ratificado el Protocolo- un
6%.
Por
su parte, los países
subdesarrollados se comprometen
a no llegar a determinados
niveles contaminantes, a la
vez que pueden “comprar”
emisiones de gases a los países
desarrollados, siempre dentro
de los límites prescritos.
Esa “compra” les
beneficia, pues se trata de
que la industria concentrada
en el Primer Mundo vaya en
parte a esos países,
beneficiándoles a ellos
-si el provceso se hace bien,
claro, y no fomentando la
explotación laboral-
y permitiendo a los países
desarrollados que se desprenden
de esas industrias reducir
sus cifras de contaminación.
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Pero,
¿todo eso no hace que aplicar el
Protocolo sea un jaleo? |
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La
dificultad a la hora de aplicar
el Protocolo de Kioto y vigilar
su cumplimiento no está
en las muchas cifras que hay
que manejar. Por complejos
que sean los cálculos
que haya que hacer para comprobar
si cada páis cumple
o no, está claro que
tenemos medios sobrados para
hacer ese seguimiento.
El auténtico
problema es que a esas cifras
se le puede buscar la trampa.
Imaginemos una fábrica
de aparatos de aire acondicionado
situada en España.
Ese tipo de industria genera
varios de los gases contaminantes
que limita ekl Protocolo de
Kioto, por lo que los dueños
de la fábrica (sean
personas o sea una multinacional)
deben adaptar toda la fábrica
hasta que reduzca en un 8%
sus emisiones.
Hasta ahí
todo va bien... mientras no
hablemos de dinero. Esa adaptación
cuesta dinero. Y a lo mejor
los dueños de la fábrica
echan números de cuánto
les cuesta reducir ese 8%
en España, y cuanto
les cuesta montar una fábrica
nueva en, por ejemplo, India,
donde se ahorran salarios,
seguridad social, problemas
con los sindicatos, y donde,
en suma, la explotación
del ser humano les permite
un aumento de beneficios económicos.
Puede resultar un tanto brutal
dicho así, pero es
la realidad de cómo
funciona nuestro industrializado
Primer Mundo y de dónde
provienen muchos de los productos
que comprados en el mercado
o usamos en nuestra vida cotidiana
(incluyendo, probablemente,
el ordenador con que se está
escribiendo esto).
Tal
es el auténtico problema
al que los garantes del Protocolo
de Kioto tendrán que
estar muy atentos. El acuerdo
de Kioto no vale para nada
si sólo se mira el
dinero y el presente, y no
se tiene la ética de
pensar en el bien de TODOS.
Nosotros no nos vamos a morir
por el cambio climático,
pero quién sabe que
Tierra tendrán nuestros
tataranietos. Da lo mismo
que la fábrica esté
en España o en la India:
para el planeta Tierra, lo
importante es que contamina.
De hecho, da mucho que pensar
el dato de que los países
industrializados, con el 20%
de la población mundial,
somos responsables de más
del 60% de las emisiones actuales.
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Y
si un país no cumple el Protocolo,
¿qué pasa? |
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Es
cierto que el Protocolo de
Kioto contempla que los países
que no hayan cumplido los
objetivos en 2012, tendrá
que reducir en el siguiente
periodo la cantidad incumplida
multiplicada por 1,3. Además,
en la Unión Europea
también están
previstas multas económicas.
El problema es quien impone
esa sanción. Y es que
el qué hacer si un
país no cumple aquello
que se comprometió
en el Protocolo de Kioto escapa
al protocolo. En realidad,
es un problema de política
internacional, pues, en estos
momentos del desarrollo humano,
sólo existe un organismo
superior a las naciones: el
Tribunal Penal Internacional
(TPI). Pero es claro que este
tribunal sólo puede
ocuparse de delitos, y no
es éste el caso (dejando
aparte que no todos los países
reconocen la autoridad del
TPI).
Por tanto,
lo único que en teoría
podría hacerse es acordar
por el resto de países
una serie de sanciones, esencialmente
económicas, al país
que rompiera lo acordado.
Y, como decía la fábula,
a ver quién es el que
le pone el cascabel al gato.
Si el país incumplidor
pertenece al Tercer Mundo
lo único que faltaba
era que, encima, tuviera sanciones.
Y si es un país del
Primer Mundo, ¿se van
a atrever el resto a enfrentarse
a él?
De hecho,
y sin tener que esperar a
ver quién cumple o
no en 2012, ya ha habido casos
donde, en teoría, se
podía haber hecho algo.
Por ejemplo con el país
más contaminante del
mundo: Estados Unidos. Pero
a ver quién sanciona
al todopoderoso gigante norteamericano
(EE.UU. ha preparado un plan
propio cuyo objetivo es reducir
la intensidad de sus emisiones
en un 18% en 2012 respecto
a 2000; tal plan supone que
sus emisiones reales habrán
aumentado entre un 16% y un
26% respecto a 1990 según
cifras oficiales, y más
de un 30%, según estudios
independientes). O tres cuartos
de lo mismo con la poca conocida
pero muy fuerte económicamente
hablando Australia, que también
se ha descolgado de Kioto.
O a ver quién hace
frente a Rusia y a Japón,
que, si bien sí han
ratificado Kioto, han logrado
tras mucho imponerse que la
reducción de emisiones
que tienen que conseguir sea
bastante menor que la que
debían conseguir a
partir de su mucha emisión
de contaminantes.
Hoy por hoy,
pues, lo único que
cabe es esperar a ver qué
pasa en 2012 si es que, ojalá
que no, algún país
no cumple lo pactado.
Pero para
lo que no se está esperando
es para ver qué se
va a hacer después
de 2012. Y es que, aun suponiendo
que todos los países
se ajusten al protocolo de
Kioto, eso no es más
que un primer paso en la lucha
contra el calentamiento global.
Hay que ver cómo mantener
lo conseguido y, sobre todo,
como mejorarlo y multiplicarlo.
Y hay que
verlo ya, porque esa contención
de emisiones del 5,2% de media
que estipula Kioto ya se sabe
hoy que apenas tiene influencia
en el calentamiento. Varios
institutos de prospectiva
en el mundo estudian la cuestión.
Por su parte, la Comisión
Europea considera que habrá
que reducir las emisiones
entre un 15% y un 20% hacia
2050 respecto a 1990. Y numeroso
colectivos plantean para el
Tercer Mundo, aunque no sólo,
modelos de desarrollo sostenible,
que conjuguen el crecimiento
económico con la preservación
del planeta.
Por eso parece
claro que el futuro no irá
sólo, como ahora, por
reducir en los países
desarrollados los contaminantes,
sino que se contemplarán
varios enfoques, plazos flexibles
y nuevos incentivos, incorporando
además, de alguna manera,
a los países en vías
de desarrollo.
Así,
tras mucho debate y no pocos
rifirrafes, en la última
Cumbre del Clima, celebrada
en diciembre de 2004 en Buenos
Aires (Argentina), se acordó
celebrar en el 2005 una reunión
en la que, aunque no se especifica,
tampoco se prohíbe
abordar la cuestión
del régimen futuro.
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¿España
está cumpliendo el Protocolo? |
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La
Península Ibérica
tiene el triste honor de ocupar
el primer puesto en la lejanía
europea respecto a lo marcado
en Kioto. Portugal es el país
que más se aleja, y España
el segundo.
Para
hacer frente a esto, el actual
gobierno del Partido Socialista
ha creado un grupo interministerial
que afronte desde muy diversas
pero complementarias perspectivas
el desafío de Kioto.
¿Se
logrará? Los especialistas
dicen que el gobierno puede
hacerlo para la fecha límite
de 2012 si fomenta el no depender
tanto del petróleo
dando paso a las energías
renovables (eólica,
solar...) y limpias (biomasa,
térmicas con el calor
terrestre, etc.), y, a la
vez, hace planes serios -y
no meramente testimoniales-
de cooperar con países
en vías de desarrollo
para que ellos puedan tener
parte de nuestra industria
(sin esclavizarles a ellos
y sin aumentar parados nosotros).
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¿Y
a los españoles nos va a salir
caro ajustarnos a lo acordado en Kioto? |
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Sindicatos,
economistas y otros
estudiosos no ven
especialmente caro
ajustarse al protocolo
de Kioto si se mira
un poco más
allá del
puro y duro hoy.
Y es que, aunque
es evidente que
hacer menos contaminante
nuestra industria
adaptándola
al uso de energías
renovables y no
contaminantes supone
una fuerte inversión,
tal chorro de dinero
se amortiza a la
larga, pues esas
energías
no contaminantes
son infinitamente
más baratas
que las actuales
que dependen del
carbón, el
petróleo
y el gas natural.
Es caro, por ejemplo,
poner un molino
de viento, o hacer
edificios con paneles
solares. Pero, una
vez hecho, ni el
viento cobra por
soplar ni el sol
pasa factura por
mandarnos sus rayos.
De
todos modos, cuando
se habla de dinero
es raro encontrar
un acuerdo total.
De hecho, es curioso
que, en España,
las dos grandes
industrias que
más se
pelean en este
asunto son las
dos grandes eléctricas:
Iberdrola cree
que España
puede cumplir
con Kioto y Endesa
dice que va a
salir demasiado
caro. En fin.
Y
como a río
revuelto ya se
sabe que ganancia
de pescadores,
suenan voces diciendo
que la única
forma de no perder
dinero es aumentar
el uso de lo que
ellas consideran
una energía
limpia, la nuclear.
Pero hay que evitar
esa tentación,
muy rentable para
unos pocos y extremadamente
peligrosa para
todos. Está
más que
demostrado que
no hace falta
echar mano del
riesgo atómico,
pues hay otras
energías
más limpias,
igual de baratas,
que tampoco se
agotan... y que
no son una bomba
en potencia.
De
todos modos, nadie
niega que España
va a tener que
hacer un fuerte
desembolso. Casi
mil instalaciones
industriales hacen
cuentas para ajustarse
lo más
posible a las
cantidades de
derechos de emisión
gratuitos que
se les han adjudicado.
Las cifras que
jalonan el camino
de Kioto para
la industria española
(eléctricas,
refinerías,
cementeras, siderúrgicas,
papeleras, y de
cal, vidrio y
cerámica)
son duras: emisión
de un máximo
de 160,28 millones
de toneladas de
CO2 (dióxido
de carbono) al
año hasta
2007 (para el
conjunto del país
la cifra es de
401 millones de
toneladas); 957
instalaciones
afectadas; y límite
de emisión
de 88 millones
de toneladas anuales
para el sector
clave: el eléctrico.
El coste de cumplir
con la norma,
según cifras
del Ministerio
de Medio Ambiente,
es de unos 85
millones anuales.
Para
terminarlo de
empeorar, cuando
aún no
se ha estrenado
el plan del Gobierno,
que trata únicamente
de que no se disparen
-no ya que se
reduzcan- las
emisiones en el
periodo de prueba
2005-2007, imponderables
climáticos
han complicado
el asunto. Las
olas de frío
de enero y febrero
han hecho batir
todos los récord
de consumo energético
en hora punta,
obligando a trabajar
a pleno rendimiento
a todas las centrales
de generación,
nuevas y viejas,
de carbón,
de fuel y de gas.
Sólo en
unos días
de enero, el sector
eléctrico
gastó casi
el 12% de los
derechos que tiene
para todo el año.
En las empresas
temen que, si
el año
de sequía
se confirma y
el verano es caluroso,
tendrán
que acudir al
mercado de derechos
de emisión
para adquirir
sobrantes de otras
empresas y seguir
funcionando sin
penalizaciones.
Los aires acondicionados
a pleno rendimiento
y los pantanos
vacíos
son una mezcla
peligrosa en el
cóctel
económico-ambiental.
Nadie,
ahora, está
en condiciones
de adelantar cuánto
puede costar adaptar
la realidad a
las normas aprobadas
por el Gobierno.
O lo que es lo
mismo: cuántos
derechos habrá
que comprar finalmente
y a qué
precio. Desde
el sector energético
se ha adelantado
la cifra de hasta
400 millones de
euros. Pero el
mercado apenas
ha arrancado y
el precio del
derecho (quizá
entre 5 y 10 euros)
está por
fijar.
"España
puede cumplir
y no con unos
costes exorbitantes",
afirma Heikki
Mesa, experto
de cambio climático
de WWF/Adena.
Señala
entre las medidas
clave, el plan
de fomento de
las energías
renovables y la
estrategia de
ahorro y eficiencia
energética,
pero puntualiza
que lo esencial
es la voluntad
política.
"Parece
que el nuevo Gobierno
si tiene una voluntad
clara de cumplimiento
del Protocolo
de Kioto",
dice Mesa. "Esto
es una clara señal
a los sectores
implicados de
que hay que cumplir
y de que se puede
lograr".
También
en Greenpeace
España
consideran que
es posible cumplir
con el compromiso
del cambio climático
"La cuestión
es que se quiera
hacer y poner
los medios adecuados",
afirma José
Luis García,
de dicha organización
ecologista. "El
cambio de actitud
del Gobierno ahora
es muy claro;
creo que los planteamientos
son muy diferentes
respecto a los
Gobiernos anteriores".
El
responsable de
medio ambiente
de Comisiones
Obreras, Joaquín
Nieto, considera
que "todavía
estamos a tiempo
de cumplir con
Kioto",
sobre todo si
se recurre a los
programas de cooperación
con países
en vías
de desarrollo.
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+ + + + + + +
+ + + + + + +
+
Pero
es que, además,
esta discusión
sobre el coste
económico
en el presente
no debe ser la
principal. Lo
decía bien
en febrero de
2005 la ministra
española
de Medio Ambiente,
Cristina Narbona:
"Se habla
del coste de cumplir
con Kioto. ¿Cuál
es el coste de
no actuar?".
El
calentamiento
global no es una
entelequia, ni
una posibilidad
entre mil. Es
una realidad comprobada
fehacientemente.
Y no habría
cosa que le saliera
más cara
a la especie humana
como destrozar
el planeta en
el que vive. Y
esto se puede
concretar en España,
y ver si cumplir
Kioto es caro
o no (en el fondo,
se trata de ver
si salvar la propia
vida es caro).
Y se puede concretar
en España
gracias a los
más de
400 folios del
estudio coordinado
por el catedrático
de Ecología
de la universidad
de Castilla –
La Mancha, José
Manuel Moreno.
El estudio, que
no tiene parangón
en Europa, ha
sido elaborado
por encargo del
Ministerio de
Medio Ambiente,
con el trabajo
de 50 autores
y la colaboración
de 400 científicos.
Y
el informe no
puede ser más
claro: ya en estos
momentos, el cambio
climático
está produciendo
en España
más calor,
menos lluvias,
subida del nivel
del mar y pérdida
de playas, cambios
en la fecha de
floración
de plantas y en
la reproducción
de especies, daños
en la agricultura
y disminución
de turistas. ¿Es
caro cumplir Kioto?
Moreno
es muy claro en
su prospectiva:
"El cambio
climático
no es cosa de
mañana,
sino de ayer.
Está aquí
y los indicios
se empiezan a
ver. Tenemos que
intentar mitigarlo,
pero también
adaptarnos".
El
inquietante panorama
que describe el
estudio contempla
dos posibilidades:
que en 2100 la
concentración
de CO2 duplique
la actual (escenario
optimista) o que
la concentración
sea un 120% más
que la actual
(escenario pesimista).
Lo aterrador es
que, en cualquiera
de los dos casos,
las consecuencias
serían
brutales:
-
TEMPERATURA.
En el siglo
XX, la temperatura
en España
ha subido un
grado centígrado.
La previsión
de los científicos
para el XXI
en la península
es un incremento
relativamente
uniforme de
0,4 grados por
década
en invierno
y de 0,7 grados
en verano. En
verano y en
el interior,
donde más
aumentará
la temperatura,
será
a final de siglo
hasta siete
grados más
que actualmente.
Habrá
más olas
de calor, con
la mortalidad
que causan.
-
LLUVIA. El estudio
predice una
disminución
general de lluvias
en primavera
y verano en
toda la península.
Sólo
aumenta algo
la precipitación
en el noroeste
en otoño
y en el oeste
en invierno.
Las zonas de
España
con clima húmedo,
en el norte,
pasan a ser
subhúmedas.
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