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obra "El Comercio Justo en 10 preguntas"
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de Creative Commons.
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para ver las condiciones legales.
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Escrito
por
Pablo Genovés Azpeitia, Inmaculada Domingo
Hernando, Jesús Villagra Simón
y Equipo de Paz y Justicia |
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¿Qué
es el Comercio Justo? |
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Con el término “Comercio
Justo” se designa una
realidad que describen las dos
palabras de ese nombre: comerciar
y justicia.
Se
trata de “comerciar”,
de obtener de alguien un producto
por el que yo pago determinada
cantidad. No es, pues, una
forma de subvencionar, o de
aportar un donativo. Es comercio
en el sentido más estricto
del término. Pero comercio
que se hace de una forma “justa”
(lo que, implícitamente,
denuncia que en nuestra sociedad
hay mucho comercio injusto;
lo comentaremos más
abajo). Que sea justa la forma
en la que el productor elabora
y comercializa lo que vende,.
Y que también sea justo
lo que yo pago, esto es, que
se pague dignamente el trabajo
que se ha invertido en el
producto, que se pague a la
persona que –con su
habilidad y capacidades- lo
ha producido de forma que
esa persona pueda hacer algo
tan elemental como vivir de
su trabajo.
Por
todo ello, en la mayoría
de los casos de Comercio Justo
se trata de una relación
entre el empobrecido Sur (productor)
y nuestros desarrollados países
del Norte (comprador). Como
comentaremos, los actuales
mecanismos comerciales están
utilizando al Sur como mano
de obra barata o, para ser
más exactos, esclava.
El Comercio Justo rompe ese
sistema y devuelve a los productores
del Sur la capacidad de que
su trabajo les sea fuente
de vida. Se trata, así,
de una alternativa comercial
para miles de agricultores
y artesanos, que encuentran
una vía de escape al
sistema económico capitalista
que les impide vivir dignamente
de su trabajo, a la vez que
un campo de apoyo mutuo en
sus reivindicaciones.
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Por
lo que veo, esto debe ser algo bastante
reciente, ¿no? |
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En
sentido estricto, y entendido
tal y como lo hemos explicado,
el Comercio Justo sí
que es reciente. La idea
(y la práctica) nace
en 1969, en Holanda. Desde
ahí, y al verse que
el Comercio Justo era verdaderamente
una respuesta al sistema
económico que empobrecía
al Sur, el fenómeno
se extiende con rapidez
por el resto de los Países
Bajos, Alemania, Suiza,
Francia, Austria, Suecia,
Gran Bretaña, Bélgica,
España (en 1986)...
Hoy está en los cinco
continentes. Y, a la vez,
nacen diversas redes que
agrupan a los distintos
grupos que practican el
Comercio Justo, y se convierten
en garantes de que cada
uno de sus componentes cumplen
las reglas del mismo (hablamos
de esto en la pregunta 6).
Tal es la pujanza del movimiento,
que ha sido reconocido por
altas instancias políticas:
así, en la “Resolución
sobre la promoción
de la justicia y la solidaridad
en el comercio Norte-Sur”,
aprobada por el Parlamento
europeo en 1994, o también
en un “Dictamen”
emitido por el Comité
Económico y Social
de la UE.
Pero
lo reciente de estas fechas
no debe hacer olvidar que
la pugna porque un producto
le sea pagado de forma justa
a quien lo ha producido,
y no sea pagado a un precio
más bajo del justo
aprovechando la posición
de poder del comprador,
es antiquísima. Hay
testimonios de lo que hoy
llamaríamos “protestas
laborales” en prácticamente
todas las civilizaciones
de la Antigüedad. Y
desde muy antiguo también,
aparece el esfuerzo de los
productores por coaligarse
para ser más fuertes
y poder tanto negociar los
precios como socorrerse
mutuamente cuando no se
consigue una venta justa
y hay que “apretarse
el cinturón”.
Esas hermandades, cofradías,
gremios, etc., son el origen
remoto de los actuales sindicatos.
Pero también de todo
el mundo de las cooperativas
laborales, tan frecuentes
en los procesos de Comercio
Justo.
De
hecho, hay que entender
que el Comercio Justo nace,
precisamente, ante el fracaso
de las últimas soluciones
que la historia ha dado
al comercio: la intentada
por los países de
inspiración comunista,
y la que intentaron -e intentan,
con gran éxito para
unos pocos- los países
de ideología liberal.
Al ver que ninguna de ellas
fue capaz de dar una vida
digna a los mal llamados
“países en
vías de desarrollo”,
la posibilidad de una tercera
vía a través
del Comercio Justo empezó
a tomar fuerza, en un proceso
ascendente que se mantiene
y crece en el momento presente1.
|
1.
No es éste el lugar para desarrollar
el funcionamiento de los sistemas
económicos que aquí
hemos llamado, sin mayores matices,
comunista y liberal. Pero podemos
dar unas pinceladas rápidas
y, por tanto, forzosamente incompletas,
pero quizá suficientes para
hacerse una idea.
El sistema económico
de inspiración marxista,
defiende como valor máximo
a la justicia: a ella debe someterse
todo, incluso, si es preciso, la
libertad individual Los países
que lo aplicaron (bastante mal,
dicho sea de paso) consideraron
que la única forma de que
esa justicia se mantuviera era haciendo
que toda la economía estuviera
controlada por el Estado, de modo
que fuera éste quien decidiera
la producción, los mecanismos
de empleo, la distribución
de riqueza, etc.
Las ideologías
liberales se plantean casi lo contrario.
Para ellas, es la libertad del individuo
el valor máximo a defender.
Y, desde ese principio, se crea
un sistema económico basado
en la iniciativa individual: es
el sujeto el que es libre para plantear
un negocio, para ponerse a trabajar
a las órdenes de otro, para
dictaminar el precio de una cosa,
para ahorrar o para invertir (o,
incluso, para malgastar) su dinero.
El que todo eso se convierta en
un caos, se va a conseguir sin mayores
problemas. Las leyes de la libre
competencia van a hacer que el mercado
se regule a sí mismo: nadie
va a vender una cosa a 100 para
enriquecerse en un mes, si el vecino
lo vende a 50 (porque nadie va a
comprar lo de 100); nadie va a elaborar
chapuceramente un producto cuando
ve que su vecino elabora el mismo
producto pero con mucha más
calidad. Es el mercado, pues, quien
se organiza a sí mismo: la
ley de la oferta y la demanda, la
libre competencia, la libertad individual,
etc., se convierten en los garantes
del sistema, no el Estado. El Estado
se va a limitar a poner unos “organismos
reguladores del mercado”.
Esos organismos van a permitir,
por ejemplo, que el Estado asuma
aquellos procesos que nadie va a
querer coger porque no ofrecen ganancias
(sanidad, educación...),
que el Estado garantice que haya
medios para que obreros y patronos
lleguen a acuerdos al defender cada
uno sus intereses (sindicatos y
patronales, convenios, salario mínimo...),
que el Estado pueda impedir que
productos de primera necesidad eleven
su precio hasta convertirse en artículos
de lujo, etc. (un etcétera
bastante corto: en la economía
liberal es un principio básico
–al menos teóricamente-
que el Estado intervenga lo menos
posible en el mercado, que, como
decimos, es capaz de autorregularse
por su cuenta y riesgo).
Aunque, quizá,
ninguna de las dos ideas estén
mal sobre el papel, la práctica
de ambos sistemas fue, y es, un
desastre.
En los países
que decían aplicar el comunismo,
lo que ocurrió en la práctica
es que el aparato del Estado aprovechó
su poder no para una justa distribución
de la riqueza, sino para enriquecerse
a sí mismo. Y, por otro lado,
al hacer desaparecer por completo
la iniciativa individual, provocó
que las clases trabajadoras terminaran
desentendiéndose de aquello
en lo que trabajaban: ¿para
qué preocuparse en hacer
las cosas bien si, pasase lo que
pasase, “papá Estado”
iba a solucionarles la vida? Por
esta, y por otras razones –la
principal, el que pretendiendo imponer
la justicia se anuló hasta
límites increíbles
la libertad-, hoy en día
ha desaparecido este sistema de
la mayoría de los países
que lo practicaban.
El liberalismo (o
neoliberalismo, o capitalismo, o
como se quiera llamarlo) parece
gozar de buena salud en el presente,
ya que es casi el único sistema
económico que rige el planeta.
Y claro que tiene buena salud...
para unos pocos. El problema del
liberalismo es que es cierto que
genera riqueza, pero sólo
puede generarla si, a la vez, genera
pobreza. Y cuanto más riqueza
haya, más pobres se necesitan.
Es fácil de entender el por
qué: si yo vendo a 10 y mi
vecino también vende a 10,
ganamos los dos; pero si yo consigo
obligar a mi vecino a que me venda
a mí, yo se lo compraré
a 10, pero luego yo venderé
a lo que me dé la gana. Y,
más tarde, me encargaré
de que mi vecino sólo me
pueda vender a mí, y aprovecharé
para comprarle a 4 (aunque, con
eso mi vecino se muera de hambre).
Que la libre competencia genere
riqueza para todos es la gran falacia
del sistema liberal. Y es que lo
que no había previsto el
sistema liberal es que aparezcan
“grandes capitales”
(en forma de multinacionales que
internacionalizan los mercados)
que lo que hacen es, precisamente,
romper la libre competencia: ellos
imponen las reglas (no el mercado,
como se defendía). Y las
imponen incluso al Estado que se
suponía que era el encargado
de evitar abusos, porque es que
resulta que el Estado también
depende de los grandes capitales
para poder existir y mantener el
ritmo de vida y consumo de sus ciudadanos.
Y, así, se produce la paradoja
de que la vida queda dominado por
lo que mande “Don Dinero”
y no por lo que decida el pensamiento
y las distintas opciones políticas.
Dicho de otro modo: quizá
la libre competencia que defiende
el liberalismo funcione bien en
un mercado pequeño (una ciudad,
por ejemplo); pero no funciona para
nada si hay quienes consiguen (las
multinacionales, los capitales internacionales...)
que el mercado sea todo el planeta.
Si el mercado es todo el planeta,
hay una forma de funcionar mucho
más sencilla que la libre
competencia: a una minoría
(nosotros, el Norte) se nos convierte
en súper consumidores, y
a una inmensa mayoría -el
Sur- se le convierte en productor
baratísimo (y, si no está
dispuesto, se le cierra el grifo
de lo que tenemos nosotros en exclusiva:
energía, dinero, inversiones
de futuro, medicinas...).
El Comercio Justo
se plantea como una tercera vía,
que, por lo pronto, renuncia a implantarse
como “gran sistema”,
y apela a ser practicado “desde
abajo”, entre personas concretas,
de tú a tú. Su base
está, frente a la Justicia
por encima de la Libertad, o la
Libertad ante todo, en el triunfo
de algo que quiere Justicia y quiere
Libertad, pero poniendo a cada una
en su lugar: la Solidaridad.
Repetimos
que todo esto habría que
matizarlo bastante, pero como explicación
rápida esperemos que valga.
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Entonces,
¿el Comercio Justo es otra forma
de dar una ayuda a los pobres? |
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Hay que tener cuidado con el
lenguaje. Si por “dar
ayuda” se entiende lo
que hacemos cuando damos una
cantidad puntual en una colecta,
un telemaratón, o donde
sea, no, ni mucho menos. De
hecho, las primeras tiendas
de Comercio Justo nacieron con
el lema “Comercio, no
ayuda”. El Comercio Justo
no quiere ser una limosna que
damos “los que tenemos”
a “los que no tienen”.
La limosna puede ser un mecanismo
necesario en situaciones muy
concretas y de forma puntual
(aunque es verdad que es mejor
enseñar a pescar que
dar un pez, hay veces que hay
que dar ya el pez, incluso antes
de enseñar a pescar,
no vaya a ser que el “alumno”
se nos muera de hambre antes
de acabar las clases de pesca).
Pero el Comercio Justo no va
por ahí.
El
Comercio Justo consiste en
entablar una relación
equitativa –justa- entre
vendedor y comprador: Pone
a ambos en pie de igualdad:
los dos tienen algo que el
otro precisa, los dos pueden
intercambiarlo (eso es el
comercio) sin que ninguno
sufra merma de sus derechos
y su dignidad. Los dos pueden
comerciar de forma justa porque
los dos tienen derechos y
obligaciones que pueden, y
deben, cumplir:
-
Al vendedor (o vendedores;
para simplificar, estamos
hablando todo el rato de
sujetos individuales, pero,
en la práctica, la
mayoría de los productos
de Comercio justo vienen
de iniciativas cooperativas)
se le exige que haya invertido
en el producto su fuerza
de trabajo: sus saberes,
su tiempo, sus destrezas...
Y, por tanto, que no sea
un mero intermediario que
encarece el producto pero
no ha aportado su trabajo
a la elaboración
de lo que se vende, que
no sea un mero “socio
capitalista” que se
limita a poner dinero (poco)
para comprar y recoger dinero
(mucho) al vender. Y, además,
se le exige que ese producto
haya sido elaborado en condiciones
justas: sin explotación
infantil, con respeto al
medio ambiente, con igualdad
de salario y de derechos
entre varón y mujer,
con compromiso de desarrollo
de la propia comunidad,
con garantía de calidad
en el producto... etc.
-
Y al comprador, a mí,
se me exige que el pago
sea adecuado no tanto al
producto como al esfuerzo,
al trabajo, que se ha invertido
en él (una fresa
es, aparentemente, muy barata...
si no se tiene en cuenta
al recolector que ha estado
trabajando a más
de 40 grados dentro de un
invernadero para producirla)2.
Se me exige, también
que esté atento a
que el vendedor cumpla las
condiciones dichas arriba,
y que yo adquiera un cierto
compromiso comercial a largo
plazo (y, por tanto, independiente
de modas, fluctuaciones
de precios, etc.), y que,
en suma, yo opte por un
Consumo Responsable.
Todo
podría resumirse en
defender, en las relaciones
comerciales, aquello que dignifica
al ser humano. Y, según
se va extendiendo esta red
de relaciones justas, se busca
el cambiar las reglas que
rigen los intercambios comerciales
para crear otro modelo de
mercado.
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2. Si a alguien esto de la “fuerza
del trabajo” le suena a marxismo,
hay que decirle que... tiene razón.
Fue Marx el primero que sistematizó
un concepto básico a la hora
de plantear un sistema de mercado:
no es lo mismo el “valor de
lo producido” que el “valor
de la fuerza de producción”.
Como
nos ocurrió antes, desarrollar
esto sería aquí muy
largo. Pero, si se sigue con el ejemplo
de la fresa, es fácil entender
que el sistema capitalista sólo
mira el valor de lo producido, y le
importa bastante poco que para producir
eso haya tenido que haber detrás
UN SER HUMANO que no es dueño
del invernadero ni del campo de fresas,
y que lo único que tiene para
vivir es su “fuerza de trabajo”:
su tiempo, su cuerpo, los conocimientos
que ha ido adquiriendo sobre el cuidado
de las fresas, etc. Y si aplicamos
esto a nuestra vida cotidiana, es
evidente que lo que más interesa
a mi bolsillo es que me vendan la
fresa atendiendo a su valor, al valor
de lo producido. Que haya que atender
al valor de la fuerza de trabajo,
esto es, que haya que atender a la
persona que ha cultivado esa fresa,
ya no me interesa económicamente:
el interés por el hombre viene
de la solidaridad, no de los euros.
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Acabáis
de hablar del "Consumo responsable".
¿Qué es eso? |
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El
por qué hay que hablar
de Consumo responsable cuando
se trata de Comercio Justo
radica en una obviedad: si
hay comercio, hay consumo.
Se comercia porque las dos
partes quieren consumir: la
parte que compra quiere consumir
lo que adquiere, y la parte
que vende quiere consumir
otros bienes que necesita.
Pero se puede consumir de
muchas maneras, o, si se prefiere,
de dos: bien y mal. Por eso,
si se pretende que el comercio
esté regido por la
justicia, es ineludible que
el consumo esté caracterizado
por la responsabilidad, so
pena de hacer algo tan incongruente
como comerciar con justicia
para, luego, consumir por
el mero placer de consumir
sin ton ni son.
El
“Consumo Responsable”
quiere descubrir otra forma
de consumir distinta a la
que es más habitual
. Generalmente, en la forma
de consumir que se nos ha
enseñado en el primer
Mundo jugamos con uno o varios
factores que, de suyo, tienden
a ser ambivalentes:
-
Me fijo en el precio más
barato... sin preguntarme
cómo puede ser tan
barato.
-
Me fijo en lo que está
de moda... pero de una moda
que no he decidido yo, sino
que se me ha dictado a través
de los medios de comunicación
de masas.
-
Me fijo en algo que necesito...
aunque a veces son otros
los que se han preocupado
de crearme esa necesidad.
-
Me fijo en algo que me va
a hacer la vida más
cómoda... pero sin
pensar si “mi”
comodidad va a hacer la
vida más incómoda
a otros, o a la naturaleza...
-
Me fijo en que me aporta
cultura, o sana diversión,
o enriquecimiento personal...
aunque sin plantearme si
no habría otras formas
menos consumistas de conseguir
esa misma cultura, enriquecimiento...
-
Etc., etc., etc.
El
Consumo Responsable exige,
primero, que seas lo más
consciente posible de cómo
consumes, por qué,
y que alternativas hay. Y,
no menos importante, te lleva
a que, al hacerte consciente
de los mecanismos del consumo,
descubras algo que se le suele
olvidar al consumidor: con
sólo pensar en consumir
algo, incluso antes de comprarlo,
adquieres un poder. ¿Cuál?
El de no comprarlo. El de
decirle a quien fabrica ese
producto que, como no estás
de acuerdo con la forma en
que lo fabrica (aunque probablemente
el producto final sea de una
excelente calidad) no se lo
vas a comprar. Adquieres el
poder, volviendo a lo que
comentábamos arriba,
de fijarte no en el valor
de lo producido, sino en si
se han respetado los derechos
de aquel que lo ha producido,
en el valor de la fuerza de
producción.
Y
no pienses que esto son sólo
teorías. Hay ya muchos
casos de grandes (grandísimas)
empresas que se han visto
obligadas a cambiar sus formas
de producción ante
la negativa de los consumidores
a comprar sus productos3.
La todopoderosa Nestlé
dejó de regalar leche
en polvo a madres del Tercer
Mundo (a las que luego, cuando
ya habían abandonado
la lactancia materna, les
empezaban a vender la misma
leche en polvo que antes les
regalaban) ante una fortísima
campaña de boicot y
denuncia internacional. Ikea
ha tenido que dar varias explicaciones
de cómo funcionaban
sus fábricas en el
Sur ante las amenazas de boicot
que ha sufrido en varios países
europeos4. O, por poner un
ejemplo de boicot sin resultados,
anotemos las varias veces
que se ha intentado boicotear
productos israelíes
para obligar a un acuerdo
de paz con los palestinos.
Pero
quizá el caso más
evidente de la fuerza que
tiene el consumidor sea la
campaña internacional
“Ropa Limpia”.
Si visitas su web (http://www.ropalimpia.org/)
verás hasta qué
punto el no consumo de determinados
productos está obteniendo
resultados tangibles en empresas
fabricantes de zapatillas,
prendas de vestir, ropa interior,
ajuar para la casa... Por
cierto, ¿te animas
a unirte a la campaña?
El
Consumo Responsable, en resumen,
recuerda al consumidor su
derecho a conocer cómo
se produce todo aquello que
consumimos y qué empresas
respetan los derechos de los
trabajadores, y, a la vez,
le recuerda también
su deber de consumir de una
forma responsable con la dignidad
de los otros, de la naturaleza...
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3.
El boicot es, con determinadas características,
una clásica acción
no violenta del pacifismo. Gandhi
lo utiliza, por ejemplo, cuando
propugna que cada cual se teja su
propia ropa con el algodón
indio, boicoteando a las textiles
británicas. Es la famosa
imagen de Gandhi hilando en la rueca.
4. Ponemos estos dos casos como
ejemplo, pero no queremos decir
que Nestlé o Ikea sean empresas
de Comercio Justo (mucho menos la
primera que la segunda).
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Si
hay un comercio "justo", ¿se
supone que hay otro injusto? |
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Claro
que hay un comercio injusto.
Lo triste no es sólo
que lo hay, sino que hemos
montado el sistema económico
de nuestras sociedades capitalistas
de un modo en el que esa injusticia
del comercio está en
la base del sistema mismo.
En el fondo, las grandes leyes
del mercado mundial lo que
pretenden es tener siempre
una fuente barata de materias
primas. Y, a través
de acuerdos internacionales
–muchas veces aparentemente
correctos- lo que se hace
es dar ese papel a los países
del Sur. Ellos producen barato
lo que, luego, el Norte usa
para producir lo mucho que
consumimos. Y si esto es grave
en cualquier lugar, piénsese
hasta qué punto es
grave en países que
en su pasado colonial se les
impuso un monocultivo.
Una vez más nos llevaría
muy lejos explicar esto. Y,
además, nos metería
en el abstruso mundo de los
conceptos económicos.
Es probable que tengas esto
suficientemente claro, y no
te haga falta leer más.
Pero si tienes dudas sobre
por qué es injusto
el sistema económico
y comercial en que nos movemos
cada día, quizá
podamos simplificarte la explicación
(que no acortarla) con “el
ejemplo de la patata”,
que, para hacerlo más
visual, se suele dividir en
“actos”, como
una obra de teatro.
Acto
1º. EL HOMBRE QUE VENDÍA
PATATAS.
Imagina que tú eres
un agricultor palentino. Desde
siempre, tu tierra ha sido
productora de patatas, y de
patatas de muy buena calidad.
Como cada año, también
éste sembraste patatas,
las cultivaste y las cosechaste.
Y ahora tienes ahí,
en la misma tierra, 10 sacos
de 40 kilos de patatas cada
uno. Te toca, pues, echar
cuentas de a cuánto
vas a vender el kilo de patatas.
Para hallar el precio que
sea justo, debes calcular
tres cosas:
-
Por un lado, debes calcular
cuánto te costo
la semilla, el abono,
los sacos, el gasóleo
del tractor, el pago del
seguro... Todo lo que,
propiamente, pertenece
al cultivo y recolección
de la patata de este año.
Es el capital que has
invertido.
-
Por otra parte, tienes
que echar cálculos
sobre cuántas herramientas
has gastado para tener
esos 400 kilos de patatas.
Es evidente que no has
gastado toda la azada
en este año. pero
puedes calcular que la
azada te va a durar unos
3 años, y que,
por tanto, en esos 3 años
debes amortizarla. Por
tanto, añades al
precio de las patatas
de este año una
tercera parte del valor
de tu azada. El mismo
cálculo lo tienes
que hacer con el tractor,
con la sembradora, con
tu casa, con el almacén
que construirte hace 4
años... Con todo
aquello, en suma, cuyo
valor tengas que ir amortizando
con las sucesivas cosechas
de patatas. Se trata del
capital a amortizar.
-
Con los dos capítulos
anteriores, cubres gastos.
Ahora tienes que pensar
en cuánto va a
ser tu beneficio. Evidentemente,
no puedes pretender hacerte
millonario con esta sola
cosecha. Pero sí
que tienes qué
calcular cuánto
debes ganar con ella para
permitirte tener una vida
digna: para alimentarte,
para vestirte, para poderte
ir unos días de
vacaciones, para pagar
las entradas a un cine
o comprarte unos libros.
Todo eso es lo que debes
sacar de beneficio para
poder vivir y no meramente
sobrevivir.
Supongamos
que, hechos todos los cálculos,
descubres que es justo que
vendas tus patatas -sin querer
hacerte millonario, pero sin
hundirte en la miseria- a
1 euro.
Acto
2º. EL HOMBRE QUE COMPRABA
PATATAS.
El frutero del barrio vende,
entre otras muchas cosas,
patatas. Para intentar ganar
un poco más y, a la
vez, que las patatas les salgan
más baratas a sus clientes,
no las compra en el mercado
mayorista, sino que se coge
su furgoneta y se va a Palencia,
a comprárselas directamente
al agricultor, a ti.
El
frutero echa cuentas de cuántas
patatas puede vender, porque
lo que tiene claro es que,
aun sintiéndolo mucho,
no puede comprarte tus 400
kilos de patatas: son demasiados
kilos para su pequeño
negocio. Al fin, decide comprarte
dos sacos, 80 kilos. Y te
paga religiosamente el precio
que tú habías
visto como justo: 1 euro por
kilo.
Cuando
el frutero vuelve a su tienda,
hace unos cálculos
parecidos a los que hiciste
tú. Piensa cuánto
capital ha invertido en la
compra de esas patatas (por
ejemplo, lo que ha gastado
en gasolina), qué capital
debe amortizar (podría
ser la parte correspondiente
a esas patatas del alquiler
del local), y qué beneficio
quiere sacar. Como tú,
el frutero lo único
que pretende es vivir dignamente
tanto él como su familia.
Y decide que, sumando todo,
tiene que vender el kilo de
patatas a 2 euros.
Entreacto
– REFLEXIÓN CON
FORMA DE PATATA
Hasta ahora todo va bien.
El campesino vive dignamente,
el frutero también,
y habrá gente que podrá
comer patatas fritas. En principio,
no hay ningún fallo
en el sistema. Es verdad que
lo hemos simplificado, y que
no hemos metido el importante
dato de la “competencia”:
tanto el campesino como el
frutero deben mirar a cuánto
venden otros las patatas,
no vaya a ser que otros logren
vender a un precio algo menor
y se pierda el negocio. Pero,
en todo caso, si todo el mundo
actúa justamente, la
competencia no puede tener
un gran desequilibrio de precios.
Las cosas cuestan lo que cuestan,
y el precio de un kilo de
patatas puede variar en algunos
céntimos arriba o abajo,
pero no mucho más.
Como mucho, la competencia
puede obligar a ser más
espabilado. Tú, campesino,
puedes hacer una oferta si
alguien te compra los 80 kilos
de golpe: ganarás algo
menos, pero te evitarás
horas de atender a varios
compradores. O el frutero
puede pensar en regalar una
manzana por cada kilo de patatas
que le compren. Eso es competencia
lícita con otros campesinos
y otros fruteros. Pero nunca
será posible que, pensando
en la competencia, tú
vendas tus patatas a 0,10
euros el kilo: venderías
más que todos los demás
campesinos, pero te arruinarías.
Lo mismo el frutero.
Acto
3º. EL HOMBRE AL QUE
NO LE IMPORTABAN LAS PATATAS.
Un
día, apareció
en tu tierra de patatas un
señor del que se veía
de lejos que tenía
mucho dinero, pero que mucho,
mucho, mucho. Llevaba una
camisa con dos iniciales bordadas:
G.C. Tú pensaste que
serían las iniciales
de su nombre: Gaspar Caparrós,
o algo así. Pero, a
fin de cuentas, eso te importaba
poco. Porque lo que desde
el principio te dejó
claro G.C. fue que a él
le importaban un pepino las
patatas, y que le daba lo
mismo comerciar con patatas
que con caramelos de menta.
A él lo que le importaba
era ganar dinero con lo que
fuera.
En
principio, eso a ti no te
molestó. “Cada
cuál puede vivir como
quiera”, pensaste. Pero
lo que te llamó la
atención fue la propuesta
que te hizo G.C.: quería
comprarte todas las patatas,
pero no al euro que tú
habías calculado para
vivir dignamente, sino a 50
céntimos. Es más,
te las compraba a ti, y a
tu vecino, y a los del pueblo
de al lado, y a los productores
de patatas de la provincia
limítrofe. Prácticamente,
este señor estaba dispuesto
a comprar las patatas de toda
España. Pero, ojo,
a 50 céntimos.
Tú
pensaste que no debías
vender. A 50 céntimos,
no sacarías ni para
cubrir gastos ni para, menos
aún, poder vivir dignamente
de tu trabajo. Así
que le dijiste a G.C. que
muchas gracias pero que no
vendías, que a ese
precio era imposible, y que
preferías esperar a
que vinieran varios fruteros
y, aun a costa de emplear
más tiempo con ellos,
conseguir un precio justo
por tus patatas.
El
hombre aquél al que
no le importaban las patatas
sonrió misteriosamente
y dijo algo que te dejó
helado: “Los fruteros
no vendrán; el único
que está dispuesto
este año a comprar
patatas este año soy
yo”. Tú te asustaste,
claro. Pero enseguida pensaste
que eso debía ser una
chulería de aquel señor
con tanto dinero. ¿Cómo
no iban a venir los fruteros?
Tenían que vender patatas
para poder vivir, y si querían
tener patatas tenían
que acudir a ti y a tus vecinos.
Nada, no vendías.
Entreacto
– EL MISTERIO DE G.C.
G.C.
no era, como pensaste tú,
Gaspar Caparrós no
nada por el estilo. Era Gran
Capital. Y, por serlo, tenía
un estilo de vida muy curioso.
Efectivamente, le daban lo
mismo las patatas que cualquier
otra cosa. A él lo
que le importaba era aquello
con que se pudiera hacer dinero.
Y como eso no estaba prohibido
en ningún sitio, a
eso se dedicaba. Y, además,
sin saltarse ninguna ley ni
hacer trampas. Él lo
que hacía era, por
ejemplo, tener en posesión
grandes hipermercados. También
tenía varias fábricas
de los asuntos más
diversos. Y, de paso, jugaba
bastante en Bolsa (pero estoe
s otro cuento y no lo vamos
a contar ahora). Y con todo
eso, había descubierto
la forma de ganar dinero sin
pasar ni los apuros que pasabas
tú para producir las
patatas ni los que pasaba
el frutero para venderlas.
El sistema era muy sencillo:
se trataba de eliminar el
riesgo. Él no corría
el riesgo de que una helada
le arruinara la cosecha de
patatas, porque como compraba
en tantos sitios lo que pudiera
perder por un lado lo conseguía
por otro. Y él tampoco
corría el riesgo de
que, como le podía
pasar al frutero, se le pudrieran
parte de las patatas sin conseguir
venderlas. Porque él
sabía de sobra que
una parte de las patatas que
compraba no las iba a poder
vender. Pero como compraba
tantas y a tan bajo precio,
siempre terminaba ganando.
Y conviene subrayar que G.C.
no hacía nada fuera
de la ley. Él tenía
la ventaja de tener mucho
dinero, pero eso no era delito.
Es más: era frecuente
que consiguiera ayudas del
Estado (él creaba muchos
puestos de trabajo), se le
vendieran terrenos a bajo
precio para que un barrio
recién creado tuviera
hipermercado, se le hicieran
descuentos especiales cuando
compraba, así, de golpe,
20 camiones... Una vida curiosa,
la de G.C.
Acto
4º. EL FRUTERO QUE YA
NO VENDIÓ PATATAS
Como ya habrás imaginado,
G.C. tenía razón,
y ningún frutero vino
a comprarte la cosecha. Llamaste
a todos los que conocías,
y resultó que todos
se habían jubilado
e iban a intentar vivir los
años que les quedaban
con lo que habían ahorrado
(probablemente no vivirían
mal, incluso quizá
el Estado les diera una ayuda
por haberse jubilado anticipadamente;
pero, ¿qué iban
a hacer esos trabajadores
de toda la vida ahora que
no tenían absolutamente
nada que hacer de la mañana
a la noche?).
Un frutero te dijo que había
cerrado porque la gente ya
no iba a su frutería:
preferían ir a una
gran superficie cercana donde
no tenían que llevar
el carrito de tienda en tienda
por las calles, y, además,
podían merendar en
varias cafeterías después
de hacer la compra. Otro frutero
te dijo que había cerrado
porque ya no podía
pagar más los impuestos
que le imponían. Pero
lo que más te chocó
es que varios fruteros te
dijeron que habían
cerrado porque ellos, que
vendían el kilo de
patatas a 2 euros para vivir
dignamente, no podían
competir con el hipermercado
de G.C., que vendía
el kilo de patatas... ¡a
60 céntimos!
En un principio te pareció
imposible. Si G.C. compraba
las patatas a 50 céntimos,
¿cómo iba a
venderlas a 60? Con sólo
10 céntimos de beneficio
era imposible que llevara
ese tren de vida, que poseyera
todo lo que poseía,
que mantuviera todas las empresas
que mantenía y que,
además, seguía
creando. Por más vueltas
que le diste a la cabeza,
no le encontrabas solución.
En algún sitio tenía
que haber un truco. Pero no
terminabas de ver dónde.
Acto
5º y último. EL
HOMBRE QUE DEJÓ DE
SEMBRAR PATATAS.
Hay que reconocer que aguantaste
todo lo que pudiste sin vender
tus patatas a 50 céntimos.
Pero, al final, viste que
la lucha ya no tenía
futuro. G.C. era el único
comprador de patatas en todo
el país. Es cierto
que, en teoría, cualquiera
podía comprar patatas.
Pero, en la práctica,
era imposible competir contra
G.C.
Al
final, te rendiste. Y no sólo
vendiste tus patatas a G.C.
a 50 céntimos, sino
que hiciste algo que el Estado
llevaba tiempo aconsejándote
que hicieras: convertiste
tu casa de agricultor de patatas
en una casa de Turismo Rural.
Es cierto que, después
de toda una vida sembrando
y cosechando patatas, lo de
hacer camas y servir desayunos
se te hacía muy raro.
Pero de algo tenías
que vivir. Y el turismo era
cada vez más abundante,
ahora que el campo ya no olía
a abono (porque no había
nada que abonar). Y, encima,
desde los fondos de la Unión
Europea te vinieron un montón
de ayudas económicas
para los gastos que tuviste
que afrontar.
En el fondo, tenías
que reconocer que ganabas
ahora más dinero que
cuando vendías patatas.
Es cierto que la vida en el
pueblo ya no era la que era
antes, que las cosas iban
cambiando, que los jóvenes
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