Paz y Justicia
La Paz, la verdadera Paz, sólo puede ser fruto de la Justicia.
Paz como esa convivencia en la que cualquiera pueda vivir en plenitud su condición de ser humano y, para muchos de nosotros, de hijo de Dios. Justicia que se basa en tener preferencia por el desposeído y excluido.
Paz que nace de la Justicia.
 
 

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EL COMERCIO JUSTO
...en 10 preguntas

(documento elaborado el 27.III.05, Pascua de Resurrección)
- actualizado el 1.8.06 -


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Escrito por
Pablo Genovés Azpeitia, Inmaculada Domingo Hernando, Jesús Villagra Simón
y Equipo de Paz y Justicia

 

¿Qué es el Comercio Justo?

Con el término “Comercio Justo” se designa una realidad que describen las dos palabras de ese nombre: comerciar y justicia.

Se trata de “comerciar”, de obtener de alguien un producto por el que yo pago determinada cantidad. No es, pues, una forma de subvencionar, o de aportar un donativo. Es comercio en el sentido más estricto del término. Pero comercio que se hace de una forma “justa” (lo que, implícitamente, denuncia que en nuestra sociedad hay mucho comercio injusto; lo comentaremos más abajo). Que sea justa la forma en la que el productor elabora y comercializa lo que vende,. Y que también sea justo lo que yo pago, esto es, que se pague dignamente el trabajo que se ha invertido en el producto, que se pague a la persona que –con su habilidad y capacidades- lo ha producido de forma que esa persona pueda hacer algo tan elemental como vivir de su trabajo.

Por todo ello, en la mayoría de los casos de Comercio Justo se trata de una relación entre el empobrecido Sur (productor) y nuestros desarrollados países del Norte (comprador). Como comentaremos, los actuales mecanismos comerciales están utilizando al Sur como mano de obra barata o, para ser más exactos, esclava. El Comercio Justo rompe ese sistema y devuelve a los productores del Sur la capacidad de que su trabajo les sea fuente de vida. Se trata, así, de una alternativa comercial para miles de agricultores y artesanos, que encuentran una vía de escape al sistema económico capitalista que les impide vivir dignamente de su trabajo, a la vez que un campo de apoyo mutuo en sus reivindicaciones.

 


Por lo que veo, esto debe ser algo bastante reciente, ¿no?

En sentido estricto, y entendido tal y como lo hemos explicado, el Comercio Justo sí que es reciente. La idea (y la práctica) nace en 1969, en Holanda. Desde ahí, y al verse que el Comercio Justo era verdaderamente una respuesta al sistema económico que empobrecía al Sur, el fenómeno se extiende con rapidez por el resto de los Países Bajos, Alemania, Suiza, Francia, Austria, Suecia, Gran Bretaña, Bélgica, España (en 1986)... Hoy está en los cinco continentes. Y, a la vez, nacen diversas redes que agrupan a los distintos grupos que practican el Comercio Justo, y se convierten en garantes de que cada uno de sus componentes cumplen las reglas del mismo (hablamos de esto en la pregunta 6). Tal es la pujanza del movimiento, que ha sido reconocido por altas instancias políticas: así, en la “Resolución sobre la promoción de la justicia y la solidaridad en el comercio Norte-Sur”, aprobada por el Parlamento europeo en 1994, o también en un “Dictamen” emitido por el Comité Económico y Social de la UE.

Pero lo reciente de estas fechas no debe hacer olvidar que la pugna porque un producto le sea pagado de forma justa a quien lo ha producido, y no sea pagado a un precio más bajo del justo aprovechando la posición de poder del comprador, es antiquísima. Hay testimonios de lo que hoy llamaríamos “protestas laborales” en prácticamente todas las civilizaciones de la Antigüedad. Y desde muy antiguo también, aparece el esfuerzo de los productores por coaligarse para ser más fuertes y poder tanto negociar los precios como socorrerse mutuamente cuando no se consigue una venta justa y hay que “apretarse el cinturón”. Esas hermandades, cofradías, gremios, etc., son el origen remoto de los actuales sindicatos. Pero también de todo el mundo de las cooperativas laborales, tan frecuentes en los procesos de Comercio Justo.

De hecho, hay que entender que el Comercio Justo nace, precisamente, ante el fracaso de las últimas soluciones que la historia ha dado al comercio: la intentada por los países de inspiración comunista, y la que intentaron -e intentan, con gran éxito para unos pocos- los países de ideología liberal. Al ver que ninguna de ellas fue capaz de dar una vida digna a los mal llamados “países en vías de desarrollo”, la posibilidad de una tercera vía a través del Comercio Justo empezó a tomar fuerza, en un proceso ascendente que se mantiene y crece en el momento presente1.


1. No es éste el lugar para desarrollar el funcionamiento de los sistemas económicos que aquí hemos llamado, sin mayores matices, comunista y liberal. Pero podemos dar unas pinceladas rápidas y, por tanto, forzosamente incompletas, pero quizá suficientes para hacerse una idea.

El sistema económico de inspiración marxista, defiende como valor máximo a la justicia: a ella debe someterse todo, incluso, si es preciso, la libertad individual Los países que lo aplicaron (bastante mal, dicho sea de paso) consideraron que la única forma de que esa justicia se mantuviera era haciendo que toda la economía estuviera controlada por el Estado, de modo que fuera éste quien decidiera la producción, los mecanismos de empleo, la distribución de riqueza, etc.

Las ideologías liberales se plantean casi lo contrario. Para ellas, es la libertad del individuo el valor máximo a defender. Y, desde ese principio, se crea un sistema económico basado en la iniciativa individual: es el sujeto el que es libre para plantear un negocio, para ponerse a trabajar a las órdenes de otro, para dictaminar el precio de una cosa, para ahorrar o para invertir (o, incluso, para malgastar) su dinero. El que todo eso se convierta en un caos, se va a conseguir sin mayores problemas. Las leyes de la libre competencia van a hacer que el mercado se regule a sí mismo: nadie va a vender una cosa a 100 para enriquecerse en un mes, si el vecino lo vende a 50 (porque nadie va a comprar lo de 100); nadie va a elaborar chapuceramente un producto cuando ve que su vecino elabora el mismo producto pero con mucha más calidad. Es el mercado, pues, quien se organiza a sí mismo: la ley de la oferta y la demanda, la libre competencia, la libertad individual, etc., se convierten en los garantes del sistema, no el Estado. El Estado se va a limitar a poner unos “organismos reguladores del mercado”. Esos organismos van a permitir, por ejemplo, que el Estado asuma aquellos procesos que nadie va a querer coger porque no ofrecen ganancias (sanidad, educación...), que el Estado garantice que haya medios para que obreros y patronos lleguen a acuerdos al defender cada uno sus intereses (sindicatos y patronales, convenios, salario mínimo...), que el Estado pueda impedir que productos de primera necesidad eleven su precio hasta convertirse en artículos de lujo, etc. (un etcétera bastante corto: en la economía liberal es un principio básico –al menos teóricamente- que el Estado intervenga lo menos posible en el mercado, que, como decimos, es capaz de autorregularse por su cuenta y riesgo).

Aunque, quizá, ninguna de las dos ideas estén mal sobre el papel, la práctica de ambos sistemas fue, y es, un desastre.

En los países que decían aplicar el comunismo, lo que ocurrió en la práctica es que el aparato del Estado aprovechó su poder no para una justa distribución de la riqueza, sino para enriquecerse a sí mismo. Y, por otro lado, al hacer desaparecer por completo la iniciativa individual, provocó que las clases trabajadoras terminaran desentendiéndose de aquello en lo que trabajaban: ¿para qué preocuparse en hacer las cosas bien si, pasase lo que pasase, “papá Estado” iba a solucionarles la vida? Por esta, y por otras razones –la principal, el que pretendiendo imponer la justicia se anuló hasta límites increíbles la libertad-, hoy en día ha desaparecido este sistema de la mayoría de los países que lo practicaban.

El liberalismo (o neoliberalismo, o capitalismo, o como se quiera llamarlo) parece gozar de buena salud en el presente, ya que es casi el único sistema económico que rige el planeta. Y claro que tiene buena salud... para unos pocos. El problema del liberalismo es que es cierto que genera riqueza, pero sólo puede generarla si, a la vez, genera pobreza. Y cuanto más riqueza haya, más pobres se necesitan. Es fácil de entender el por qué: si yo vendo a 10 y mi vecino también vende a 10, ganamos los dos; pero si yo consigo obligar a mi vecino a que me venda a mí, yo se lo compraré a 10, pero luego yo venderé a lo que me dé la gana. Y, más tarde, me encargaré de que mi vecino sólo me pueda vender a mí, y aprovecharé para comprarle a 4 (aunque, con eso mi vecino se muera de hambre). Que la libre competencia genere riqueza para todos es la gran falacia del sistema liberal. Y es que lo que no había previsto el sistema liberal es que aparezcan “grandes capitales” (en forma de multinacionales que internacionalizan los mercados) que lo que hacen es, precisamente, romper la libre competencia: ellos imponen las reglas (no el mercado, como se defendía). Y las imponen incluso al Estado que se suponía que era el encargado de evitar abusos, porque es que resulta que el Estado también depende de los grandes capitales para poder existir y mantener el ritmo de vida y consumo de sus ciudadanos. Y, así, se produce la paradoja de que la vida queda dominado por lo que mande “Don Dinero” y no por lo que decida el pensamiento y las distintas opciones políticas. Dicho de otro modo: quizá la libre competencia que defiende el liberalismo funcione bien en un mercado pequeño (una ciudad, por ejemplo); pero no funciona para nada si hay quienes consiguen (las multinacionales, los capitales internacionales...) que el mercado sea todo el planeta. Si el mercado es todo el planeta, hay una forma de funcionar mucho más sencilla que la libre competencia: a una minoría (nosotros, el Norte) se nos convierte en súper consumidores, y a una inmensa mayoría -el Sur- se le convierte en productor baratísimo (y, si no está dispuesto, se le cierra el grifo de lo que tenemos nosotros en exclusiva: energía, dinero, inversiones de futuro, medicinas...).

El Comercio Justo se plantea como una tercera vía, que, por lo pronto, renuncia a implantarse como “gran sistema”, y apela a ser practicado “desde abajo”, entre personas concretas, de tú a tú. Su base está, frente a la Justicia por encima de la Libertad, o la Libertad ante todo, en el triunfo de algo que quiere Justicia y quiere Libertad, pero poniendo a cada una en su lugar: la Solidaridad.

Repetimos que todo esto habría que matizarlo bastante, pero como explicación rápida esperemos que valga.


Entonces, ¿el Comercio Justo es otra forma de dar una ayuda a los pobres?

Hay que tener cuidado con el lenguaje. Si por “dar ayuda” se entiende lo que hacemos cuando damos una cantidad puntual en una colecta, un telemaratón, o donde sea, no, ni mucho menos. De hecho, las primeras tiendas de Comercio Justo nacieron con el lema “Comercio, no ayuda”. El Comercio Justo no quiere ser una limosna que damos “los que tenemos” a “los que no tienen”. La limosna puede ser un mecanismo necesario en situaciones muy concretas y de forma puntual (aunque es verdad que es mejor enseñar a pescar que dar un pez, hay veces que hay que dar ya el pez, incluso antes de enseñar a pescar, no vaya a ser que el “alumno” se nos muera de hambre antes de acabar las clases de pesca). Pero el Comercio Justo no va por ahí.

El Comercio Justo consiste en entablar una relación equitativa –justa- entre vendedor y comprador: Pone a ambos en pie de igualdad: los dos tienen algo que el otro precisa, los dos pueden intercambiarlo (eso es el comercio) sin que ninguno sufra merma de sus derechos y su dignidad. Los dos pueden comerciar de forma justa porque los dos tienen derechos y obligaciones que pueden, y deben, cumplir:

  • Al vendedor (o vendedores; para simplificar, estamos hablando todo el rato de sujetos individuales, pero, en la práctica, la mayoría de los productos de Comercio justo vienen de iniciativas cooperativas) se le exige que haya invertido en el producto su fuerza de trabajo: sus saberes, su tiempo, sus destrezas... Y, por tanto, que no sea un mero intermediario que encarece el producto pero no ha aportado su trabajo a la elaboración de lo que se vende, que no sea un mero “socio capitalista” que se limita a poner dinero (poco) para comprar y recoger dinero (mucho) al vender. Y, además, se le exige que ese producto haya sido elaborado en condiciones justas: sin explotación infantil, con respeto al medio ambiente, con igualdad de salario y de derechos entre varón y mujer, con compromiso de desarrollo de la propia comunidad, con garantía de calidad en el producto... etc.
  • Y al comprador, a mí, se me exige que el pago sea adecuado no tanto al producto como al esfuerzo, al trabajo, que se ha invertido en él (una fresa es, aparentemente, muy barata... si no se tiene en cuenta al recolector que ha estado trabajando a más de 40 grados dentro de un invernadero para producirla)2. Se me exige, también que esté atento a que el vendedor cumpla las condiciones dichas arriba, y que yo adquiera un cierto compromiso comercial a largo plazo (y, por tanto, independiente de modas, fluctuaciones de precios, etc.), y que, en suma, yo opte por un Consumo Responsable.

Todo podría resumirse en defender, en las relaciones comerciales, aquello que dignifica al ser humano. Y, según se va extendiendo esta red de relaciones justas, se busca el cambiar las reglas que rigen los intercambios comerciales para crear otro modelo de mercado.


2. Si a alguien esto de la “fuerza del trabajo” le suena a marxismo, hay que decirle que... tiene razón. Fue Marx el primero que sistematizó un concepto básico a la hora de plantear un sistema de mercado: no es lo mismo el “valor de lo producido” que el “valor de la fuerza de producción”.
Como nos ocurrió antes, desarrollar esto sería aquí muy largo. Pero, si se sigue con el ejemplo de la fresa, es fácil entender que el sistema capitalista sólo mira el valor de lo producido, y le importa bastante poco que para producir eso haya tenido que haber detrás UN SER HUMANO que no es dueño del invernadero ni del campo de fresas, y que lo único que tiene para vivir es su “fuerza de trabajo”: su tiempo, su cuerpo, los conocimientos que ha ido adquiriendo sobre el cuidado de las fresas, etc. Y si aplicamos esto a nuestra vida cotidiana, es evidente que lo que más interesa a mi bolsillo es que me vendan la fresa atendiendo a su valor, al valor de lo producido. Que haya que atender al valor de la fuerza de trabajo, esto es, que haya que atender a la persona que ha cultivado esa fresa, ya no me interesa económicamente: el interés por el hombre viene de la solidaridad, no de los euros.

Acabáis de hablar del "Consumo responsable". ¿Qué es eso?

El por qué hay que hablar de Consumo responsable cuando se trata de Comercio Justo radica en una obviedad: si hay comercio, hay consumo. Se comercia porque las dos partes quieren consumir: la parte que compra quiere consumir lo que adquiere, y la parte que vende quiere consumir otros bienes que necesita. Pero se puede consumir de muchas maneras, o, si se prefiere, de dos: bien y mal. Por eso, si se pretende que el comercio esté regido por la justicia, es ineludible que el consumo esté caracterizado por la responsabilidad, so pena de hacer algo tan incongruente como comerciar con justicia para, luego, consumir por el mero placer de consumir sin ton ni son.

El “Consumo Responsable” quiere descubrir otra forma de consumir distinta a la que es más habitual . Generalmente, en la forma de consumir que se nos ha enseñado en el primer Mundo jugamos con uno o varios factores que, de suyo, tienden a ser ambivalentes:

  • Me fijo en el precio más barato... sin preguntarme cómo puede ser tan barato.
  • Me fijo en lo que está de moda... pero de una moda que no he decidido yo, sino que se me ha dictado a través de los medios de comunicación de masas.
  • Me fijo en algo que necesito... aunque a veces son otros los que se han preocupado de crearme esa necesidad.
  • Me fijo en algo que me va a hacer la vida más cómoda... pero sin pensar si “mi” comodidad va a hacer la vida más incómoda a otros, o a la naturaleza...
  • Me fijo en que me aporta cultura, o sana diversión, o enriquecimiento personal... aunque sin plantearme si no habría otras formas menos consumistas de conseguir esa misma cultura, enriquecimiento...
  • Etc., etc., etc.

El Consumo Responsable exige, primero, que seas lo más consciente posible de cómo consumes, por qué, y que alternativas hay. Y, no menos importante, te lleva a que, al hacerte consciente de los mecanismos del consumo, descubras algo que se le suele olvidar al consumidor: con sólo pensar en consumir algo, incluso antes de comprarlo, adquieres un poder. ¿Cuál? El de no comprarlo. El de decirle a quien fabrica ese producto que, como no estás de acuerdo con la forma en que lo fabrica (aunque probablemente el producto final sea de una excelente calidad) no se lo vas a comprar. Adquieres el poder, volviendo a lo que comentábamos arriba, de fijarte no en el valor de lo producido, sino en si se han respetado los derechos de aquel que lo ha producido, en el valor de la fuerza de producción.

Y no pienses que esto son sólo teorías. Hay ya muchos casos de grandes (grandísimas) empresas que se han visto obligadas a cambiar sus formas de producción ante la negativa de los consumidores a comprar sus productos3. La todopoderosa Nestlé dejó de regalar leche en polvo a madres del Tercer Mundo (a las que luego, cuando ya habían abandonado la lactancia materna, les empezaban a vender la misma leche en polvo que antes les regalaban) ante una fortísima campaña de boicot y denuncia internacional. Ikea ha tenido que dar varias explicaciones de cómo funcionaban sus fábricas en el Sur ante las amenazas de boicot que ha sufrido en varios países europeos4. O, por poner un ejemplo de boicot sin resultados, anotemos las varias veces que se ha intentado boicotear productos israelíes para obligar a un acuerdo de paz con los palestinos.

Pero quizá el caso más evidente de la fuerza que tiene el consumidor sea la campaña internacional “Ropa Limpia”. Si visitas su web (http://www.ropalimpia.org/) verás hasta qué punto el no consumo de determinados productos está obteniendo resultados tangibles en empresas fabricantes de zapatillas, prendas de vestir, ropa interior, ajuar para la casa... Por cierto, ¿te animas a unirte a la campaña?

El Consumo Responsable, en resumen, recuerda al consumidor su derecho a conocer cómo se produce todo aquello que consumimos y qué empresas respetan los derechos de los trabajadores, y, a la vez, le recuerda también su deber de consumir de una forma responsable con la dignidad de los otros, de la naturaleza...

3. El boicot es, con determinadas características, una clásica acción no violenta del pacifismo. Gandhi lo utiliza, por ejemplo, cuando propugna que cada cual se teja su propia ropa con el algodón indio, boicoteando a las textiles británicas. Es la famosa imagen de Gandhi hilando en la rueca.
4. Ponemos estos dos casos como ejemplo, pero no queremos decir que Nestlé o Ikea sean empresas de Comercio Justo (mucho menos la primera que la segunda).



Si hay un comercio "justo", ¿se supone que hay otro injusto?


Claro que hay un comercio injusto. Lo triste no es sólo que lo hay, sino que hemos montado el sistema económico de nuestras sociedades capitalistas de un modo en el que esa injusticia del comercio está en la base del sistema mismo. En el fondo, las grandes leyes del mercado mundial lo que pretenden es tener siempre una fuente barata de materias primas. Y, a través de acuerdos internacionales –muchas veces aparentemente correctos- lo que se hace es dar ese papel a los países del Sur. Ellos producen barato lo que, luego, el Norte usa para producir lo mucho que consumimos. Y si esto es grave en cualquier lugar, piénsese hasta qué punto es grave en países que en su pasado colonial se les impuso un monocultivo.

Una vez más nos llevaría muy lejos explicar esto. Y, además, nos metería en el abstruso mundo de los conceptos económicos. Es probable que tengas esto suficientemente claro, y no te haga falta leer más. Pero si tienes dudas sobre por qué es injusto el sistema económico y comercial en que nos movemos cada día, quizá podamos simplificarte la explicación (que no acortarla) con “el ejemplo de la patata”, que, para hacerlo más visual, se suele dividir en “actos”, como una obra de teatro.

Acto 1º. EL HOMBRE QUE VENDÍA PATATAS.

Imagina que tú eres un agricultor palentino. Desde siempre, tu tierra ha sido productora de patatas, y de patatas de muy buena calidad. Como cada año, también éste sembraste patatas, las cultivaste y las cosechaste. Y ahora tienes ahí, en la misma tierra, 10 sacos de 40 kilos de patatas cada uno. Te toca, pues, echar cuentas de a cuánto vas a vender el kilo de patatas.

Para hallar el precio que sea justo, debes calcular tres cosas:

    1. Por un lado, debes calcular cuánto te costo la semilla, el abono, los sacos, el gasóleo del tractor, el pago del seguro... Todo lo que, propiamente, pertenece al cultivo y recolección de la patata de este año. Es el capital que has invertido.
    2. Por otra parte, tienes que echar cálculos sobre cuántas herramientas has gastado para tener esos 400 kilos de patatas. Es evidente que no has gastado toda la azada en este año. pero puedes calcular que la azada te va a durar unos 3 años, y que, por tanto, en esos 3 años debes amortizarla. Por tanto, añades al precio de las patatas de este año una tercera parte del valor de tu azada. El mismo cálculo lo tienes que hacer con el tractor, con la sembradora, con tu casa, con el almacén que construirte hace 4 años... Con todo aquello, en suma, cuyo valor tengas que ir amortizando con las sucesivas cosechas de patatas. Se trata del capital a amortizar.
    3. Con los dos capítulos anteriores, cubres gastos. Ahora tienes que pensar en cuánto va a ser tu beneficio. Evidentemente, no puedes pretender hacerte millonario con esta sola cosecha. Pero sí que tienes qué calcular cuánto debes ganar con ella para permitirte tener una vida digna: para alimentarte, para vestirte, para poderte ir unos días de vacaciones, para pagar las entradas a un cine o comprarte unos libros. Todo eso es lo que debes sacar de beneficio para poder vivir y no meramente sobrevivir.

Supongamos que, hechos todos los cálculos, descubres que es justo que vendas tus patatas -sin querer hacerte millonario, pero sin hundirte en la miseria- a 1 euro.

Acto 2º. EL HOMBRE QUE COMPRABA PATATAS.

El frutero del barrio vende, entre otras muchas cosas, patatas. Para intentar ganar un poco más y, a la vez, que las patatas les salgan más baratas a sus clientes, no las compra en el mercado mayorista, sino que se coge su furgoneta y se va a Palencia, a comprárselas directamente al agricultor, a ti.

El frutero echa cuentas de cuántas patatas puede vender, porque lo que tiene claro es que, aun sintiéndolo mucho, no puede comprarte tus 400 kilos de patatas: son demasiados kilos para su pequeño negocio. Al fin, decide comprarte dos sacos, 80 kilos. Y te paga religiosamente el precio que tú habías visto como justo: 1 euro por kilo.

Cuando el frutero vuelve a su tienda, hace unos cálculos parecidos a los que hiciste tú. Piensa cuánto capital ha invertido en la compra de esas patatas (por ejemplo, lo que ha gastado en gasolina), qué capital debe amortizar (podría ser la parte correspondiente a esas patatas del alquiler del local), y qué beneficio quiere sacar. Como tú, el frutero lo único que pretende es vivir dignamente tanto él como su familia. Y decide que, sumando todo, tiene que vender el kilo de patatas a 2 euros.

Entreacto – REFLEXIÓN CON FORMA DE PATATA

Hasta ahora todo va bien. El campesino vive dignamente, el frutero también, y habrá gente que podrá comer patatas fritas. En principio, no hay ningún fallo en el sistema. Es verdad que lo hemos simplificado, y que no hemos metido el importante dato de la “competencia”: tanto el campesino como el frutero deben mirar a cuánto venden otros las patatas, no vaya a ser que otros logren vender a un precio algo menor y se pierda el negocio. Pero, en todo caso, si todo el mundo actúa justamente, la competencia no puede tener un gran desequilibrio de precios. Las cosas cuestan lo que cuestan, y el precio de un kilo de patatas puede variar en algunos céntimos arriba o abajo, pero no mucho más. Como mucho, la competencia puede obligar a ser más espabilado. Tú, campesino, puedes hacer una oferta si alguien te compra los 80 kilos de golpe: ganarás algo menos, pero te evitarás horas de atender a varios compradores. O el frutero puede pensar en regalar una manzana por cada kilo de patatas que le compren. Eso es competencia lícita con otros campesinos y otros fruteros. Pero nunca será posible que, pensando en la competencia, tú vendas tus patatas a 0,10 euros el kilo: venderías más que todos los demás campesinos, pero te arruinarías. Lo mismo el frutero.

Acto 3º. EL HOMBRE AL QUE NO LE IMPORTABAN LAS PATATAS.

Un día, apareció en tu tierra de patatas un señor del que se veía de lejos que tenía mucho dinero, pero que mucho, mucho, mucho. Llevaba una camisa con dos iniciales bordadas: G.C. Tú pensaste que serían las iniciales de su nombre: Gaspar Caparrós, o algo así. Pero, a fin de cuentas, eso te importaba poco. Porque lo que desde el principio te dejó claro G.C. fue que a él le importaban un pepino las patatas, y que le daba lo mismo comerciar con patatas que con caramelos de menta. A él lo que le importaba era ganar dinero con lo que fuera.

En principio, eso a ti no te molestó. “Cada cuál puede vivir como quiera”, pensaste. Pero lo que te llamó la atención fue la propuesta que te hizo G.C.: quería comprarte todas las patatas, pero no al euro que tú habías calculado para vivir dignamente, sino a 50 céntimos. Es más, te las compraba a ti, y a tu vecino, y a los del pueblo de al lado, y a los productores de patatas de la provincia limítrofe. Prácticamente, este señor estaba dispuesto a comprar las patatas de toda España. Pero, ojo, a 50 céntimos.

Tú pensaste que no debías vender. A 50 céntimos, no sacarías ni para cubrir gastos ni para, menos aún, poder vivir dignamente de tu trabajo. Así que le dijiste a G.C. que muchas gracias pero que no vendías, que a ese precio era imposible, y que preferías esperar a que vinieran varios fruteros y, aun a costa de emplear más tiempo con ellos, conseguir un precio justo por tus patatas.

El hombre aquél al que no le importaban las patatas sonrió misteriosamente y dijo algo que te dejó helado: “Los fruteros no vendrán; el único que está dispuesto este año a comprar patatas este año soy yo”. Tú te asustaste, claro. Pero enseguida pensaste que eso debía ser una chulería de aquel señor con tanto dinero. ¿Cómo no iban a venir los fruteros? Tenían que vender patatas para poder vivir, y si querían tener patatas tenían que acudir a ti y a tus vecinos. Nada, no vendías.

Entreacto – EL MISTERIO DE G.C.

G.C. no era, como pensaste tú, Gaspar Caparrós no nada por el estilo. Era Gran Capital. Y, por serlo, tenía un estilo de vida muy curioso. Efectivamente, le daban lo mismo las patatas que cualquier otra cosa. A él lo que le importaba era aquello con que se pudiera hacer dinero. Y como eso no estaba prohibido en ningún sitio, a eso se dedicaba. Y, además, sin saltarse ninguna ley ni hacer trampas. Él lo que hacía era, por ejemplo, tener en posesión grandes hipermercados. También tenía varias fábricas de los asuntos más diversos. Y, de paso, jugaba bastante en Bolsa (pero estoe s otro cuento y no lo vamos a contar ahora). Y con todo eso, había descubierto la forma de ganar dinero sin pasar ni los apuros que pasabas tú para producir las patatas ni los que pasaba el frutero para venderlas. El sistema era muy sencillo: se trataba de eliminar el riesgo. Él no corría el riesgo de que una helada le arruinara la cosecha de patatas, porque como compraba en tantos sitios lo que pudiera perder por un lado lo conseguía por otro. Y él tampoco corría el riesgo de que, como le podía pasar al frutero, se le pudrieran parte de las patatas sin conseguir venderlas. Porque él sabía de sobra que una parte de las patatas que compraba no las iba a poder vender. Pero como compraba tantas y a tan bajo precio, siempre terminaba ganando. Y conviene subrayar que G.C. no hacía nada fuera de la ley. Él tenía la ventaja de tener mucho dinero, pero eso no era delito. Es más: era frecuente que consiguiera ayudas del Estado (él creaba muchos puestos de trabajo), se le vendieran terrenos a bajo precio para que un barrio recién creado tuviera hipermercado, se le hicieran descuentos especiales cuando compraba, así, de golpe, 20 camiones... Una vida curiosa, la de G.C.

Acto 4º. EL FRUTERO QUE YA NO VENDIÓ PATATAS

Como ya habrás imaginado, G.C. tenía razón, y ningún frutero vino a comprarte la cosecha. Llamaste a todos los que conocías, y resultó que todos se habían jubilado e iban a intentar vivir los años que les quedaban con lo que habían ahorrado (probablemente no vivirían mal, incluso quizá el Estado les diera una ayuda por haberse jubilado anticipadamente; pero, ¿qué iban a hacer esos trabajadores de toda la vida ahora que no tenían absolutamente nada que hacer de la mañana a la noche?).

Un frutero te dijo que había cerrado porque la gente ya no iba a su frutería: preferían ir a una gran superficie cercana donde no tenían que llevar el carrito de tienda en tienda por las calles, y, además, podían merendar en varias cafeterías después de hacer la compra. Otro frutero te dijo que había cerrado porque ya no podía pagar más los impuestos que le imponían. Pero lo que más te chocó es que varios fruteros te dijeron que habían cerrado porque ellos, que vendían el kilo de patatas a 2 euros para vivir dignamente, no podían competir con el hipermercado de G.C., que vendía el kilo de patatas... ¡a 60 céntimos!

En un principio te pareció imposible. Si G.C. compraba las patatas a 50 céntimos, ¿cómo iba a venderlas a 60? Con sólo 10 céntimos de beneficio era imposible que llevara ese tren de vida, que poseyera todo lo que poseía, que mantuviera todas las empresas que mantenía y que, además, seguía creando. Por más vueltas que le diste a la cabeza, no le encontrabas solución. En algún sitio tenía que haber un truco. Pero no terminabas de ver dónde.

Acto 5º y último. EL HOMBRE QUE DEJÓ DE SEMBRAR PATATAS.

Hay que reconocer que aguantaste todo lo que pudiste sin vender tus patatas a 50 céntimos. Pero, al final, viste que la lucha ya no tenía futuro. G.C. era el único comprador de patatas en todo el país. Es cierto que, en teoría, cualquiera podía comprar patatas. Pero, en la práctica, era imposible competir contra G.C.

Al final, te rendiste. Y no sólo vendiste tus patatas a G.C. a 50 céntimos, sino que hiciste algo que el Estado llevaba tiempo aconsejándote que hicieras: convertiste tu casa de agricultor de patatas en una casa de Turismo Rural. Es cierto que, después de toda una vida sembrando y cosechando patatas, lo de hacer camas y servir desayunos se te hacía muy raro. Pero de algo tenías que vivir. Y el turismo era cada vez más abundante, ahora que el campo ya no olía a abono (porque no había nada que abonar). Y, encima, desde los fondos de la Unión Europea te vinieron un montón de ayudas económicas para los gastos que tuviste que afrontar.

En el fondo, tenías que reconocer que ganabas ahora más dinero que cuando vendías patatas. Es cierto que la vida en el pueblo ya no era la que era antes, que las cosas iban cambiando, que los jóvenes