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EL
CIBERACTIVISMO
...en
10 preguntas
(documento
elaborado el 12.III.05, 75º
aniversario de la "Marcha de
la sal" de Ghandi)
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actualizado el 1.8.06 - |

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Escrito
por
Pablo Genovés Azpeitia, Inmaculada Domingo
Hernando, Jesús Villagra Simón
y Equipo de Paz y Justicia |
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¿Qué
es el ciberactivismo? |
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El ciberactivismo se enmarca
en la larga tradición
de la no violencia activa, la
que Ghandi formulara como la
ahimsa satiagraha (aunque,
como decimos, es muy anterior
a él: las ideas del pacifismo
no violento y, a la vez, activo,
están ya presentes en
Francisco, de Asís, Jesús
de Nazaret, Buda, varios pensadores
griegos...). Es
ahí, como una forma
de pacifismo no violento y
activo, donde hay que entender
el ciberactivismo. Y es que,
a fin de cuentas, se trata
de ejercer la opción
por la Paz, denunciando e
impidiendo que se lleva a
cabo cualquier forma de atentado
a los Derechos Humanos, a
la dignidad de cualquier ser
humano, a la integridad de
la naturaleza, etc. Ciertamente,
el ciberactivismo puede ejercerse
no sólo contra algo
negativo, sino también
como forma de apoyo a algo
positivo. Pero la realidad
de este mundo hace que, desgraciadamente,
sea menos frecuente esta segunda
posibilidad.
Junto
a esto, otro rasgo típico
del ciberactivismo es no ceñirse
a una acción personal.
El ciberactivismo busca decididamente
el número, el “ser
muchos” los que, con
su denuncia, ejercen presión.
Y presión que, en muchos
casos, no se limita a la que
puedan ejercer los ciudadanos
de un país o región,
sino que se abre al campo
internacional. Es probable
que el caso sobre el que se
esté actuando sí
se limite a un país,
o que, incluso, sus efectos
sean única y exclusivamente
sobre un grupo muy concreto
de personas. pero el ciberactivismo
apela a la solidaridad de
los seres humanos: se propone
a la acción de todos
lo que, aparentemente, afecta
sólo algunos. Se haría
realidad, así, aquello
de “no preguntes
por quién doblan las
campanas: están doblando
por ti”1.
Desde
estas bases ideológicas,
el método del ciberactivismo
es simple: la denuncia y la
acción se realizan
a través de internet,
bien sea enviando un correo
electrónico, bien sea
sumando el propio nombre a
un texto colgado en la Red
por determinada ONG que será
la que, finalmente, haga llegar
ese texto con sus firmas al
destinatario adecuado.
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1.
La frase es, en traducción
libre, el final de la novela de Ernest
Hemingway “Por quién
doblan las campanas”). |
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¿Y
hace mucho tiempo que existe? |
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El
método ciberactivista,
dado que se realiza a través
de la Red, es claro que
no existía antes
de la popularización
de internet.
Pero es
que el método del
ciberactivismo no es más
que una modernización
de algo que ya existía
desde bastante antes: la
recogida de firmas y el
envío de cartas.
Ambas acciones hacían
lo mismo que hoy en día
se hace de forma cibernética,
pero, claro, con los medios
de que se disponía
(y se dispone, evidentemente):
el correo convencional,
el lápiz y el papel.
Lo interesante
de esto es comprender el
fondo que hay detrás,
y del que comentábamos
algo en la pregunta anterior.
Y es que si el ciberactivismo
como método pacifista
de acción no violenta
es muy reciente en la historia,
no lo es la ideología
que lo sustenta: la intervención
del individuo –el
ciudadano- en los ámbitos
de decisión a los
que él no pertenece,
sean esos ámbitos
políticos, económicos,
judiciales, culturales,
etc.
Con las
peculiaridades propias de
cada época histórica,
esa conciencia de que yo
puedo y, sobre todo, debo
tomar parte en las áreas
de poder, es una constante
en la larga historia del
devenir humano. Siempre
se ha admitido que hay quien
manda, pero siempre se ha
sentido, también,
que ése que manda
debe tener en cuenta lo
que los mandados pensamos
y queremos. Y más
si lo que pensamos lo pensamos
una gran mayoría.
Se trata, en suma, del fenómeno
conocido como “presión
pública”.
Y
aunque no sea éste
el lugar de desarrollar
la larguísima lista
de ejemplos de “presión
pública” que
se pueden encontrar en todas
las pocas y en todas las
culturas, no se olvide que
esa afirmación de
que lo que piense la mayoría
debe ser tenido en cuenta
incluso por encima de lo
que dictamine quien tenga
el encargo oficial de hacerlo,
es una constante en la historia
de la humanidad. Constante
que, tanto ayer como hoy,
se ha regado muchas veces,
tristemente, con sangre.
La convicción profunda
y activa de la fuerza que
poseen los que, oficialmente,
no la tienen, es una de
las mejores y más
radicales pertenencias del
género humano.
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No
creo que se consiga mucho con el ciberactivismo |
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Es cierto que no siempre una
recogida de firmas o un envío
de cartas a través de
internet consigue su objetivo.
Del mismo modo que tampoco el
sistema de elección de
gobernantes a través
del voto garantiza un correcto
desarrollo de la labor política
o, por poner otro ejemplo, no
siempre lo que todo el mundo
ve que es lo justo coincide
con el que tiene el poder de
decidir en un sentido u otro.
Pero
eso no anula la validez de
la acción ciberactivista.
Que el ciberactivismo no obtenga
siempre su fin no habla en
contra del ciberactivismo,
sino del que hace oídos
sordos a la voz de tantos
y tantos.
Y,
además, son cientos
y cientos los casos en que
el ciberactivismo ha tenido
éxito. Indultados de
una pena de muerte, obras
anti ecológicas paralizadas,
encarcelados que se libran
de la tortura porque los torturadores
descubren que la opinión
internacional les está
vigilando, leyes que se mejoran
o –en sentido contrario-
que no llegan a promulgarse...
La lista de situaciones y,
sobre todo, de hombres y mujeres
concretos, con rostro y vida,
que han mejorado o se han
salvado gracias al ciberactivismo
sería interminable.
Testigos de ello son las varias
ONG que utilizan la presión
pública como pilar
fundamental de su tarea en
pro de los derechos humanos,
y que llevan años haciéndolo.
Por algo será2.
Y
es que, aunque sea chocante,
lo que hay que entender es
que muchos “poderosos”
de este planeta no tienen
el menor escrúpulo
de hacer cualquier burrada,
pero no están dispuestos
a tener mala fama ante la
opinión pública
internacional. Los mismos
jueces a los que no les tembló
ni un dedo para condenar a
una mujer a ser lapidada,
revocaron la sentencia cuando
empezaron a lloverles firmas
y correos electrónicos
de todas partes del mundo
protestando por tamaña
salvajada3.
Y los mismos gobiernos estatales
que durante años y
años no tuvieron reparo
en condenar a muerte (y ejecutar)
a gente que había cometido
el delito siendo menor de
edad, terminaron –tras
años de lucha, eso
sí- prohibiendo tan
aberrante práctica
jurídica4.
Repetimos: nos costará
entenderlo a los que tenemos
una mente mínimamente
normal, pero son muchos los
dirigentes que temen más
el tener mala fama que el
no respetar los derechos humanos,
que no tienen problema en
hacer algo que está
mal... siempre que no se sepa.
El
ciberactivismo encuentra ahí
buena parte de su fuerza.
Otra parte está, naturalmente,
en que muchas veces los dirigentes
estaban equivocados sin mala
voluntad, y es la presión
internacional las que les
hace conscientes de su error.
Y
aún cabe una última
reflexión. Y es que
la opción por dedicar
un tiempo de tu vida al ciberactivismo
no puede ser tomada sólo
por su éxito o su fracaso.
Eso es sólo una cara
del asunto. la otra es que,
si no firmas a través
de internet esa carta que
una ONG te propone para salvar
a determinada persona, ¿qué
otra cosa puedes hacer? En
la gran mayoría de
las situaciones injustas del
planeta los cuidadanos de
a pie no podemos hacer otra
cosa, cuando nos enteramos
de ellas, que quejarnos y
dolernos interiormente. El
ciberactivismo nos permite
poner en práctica la
única otra cosa que
podemos hacer: el lograr que
esa queja y ese dolor llegue
al responsable de la injusticia.
Más
allá de sus logros,
que son muchos, o de sus fracasos,
que –desgraciadamente-existen,
el ciberactivismo pone en
mis manos el que yo pueda
hacer algo. Aparentemente,
poco. pero mi “poco”
unido al de otros decenas
de miles, es un “mucho”.
Lo dicen todas las páginas
de la web de PAZ Y JUSTICIA:
“Mucha gente pequeña,
haciendo muchas cosas pequeñas,
en muchos sitios pequeños...
terminan haciendo algo grande”.
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2. El ejemplo más conocido
es el de Amnistía Internacional.
Sus estadísticas revelan la
validez del ciberactivismo.
3. Es el muy conocido –por la
repercusión que tuvo- caso
de la nigeriana Amina Lawal.
4. Por si alguien no cae, se trata
de estados de EE.UU., que, por fin,
en 2005 han prohibido la condena a
muerte de menores.
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¿Y
cómo sé yo en qué
casos ciberactuar? |
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A
las grandes ONG que trabajan
a favor de los derechos humanos,
las solemos conocer por sus
acciones (ciberactivistas
o de otro tipo). Sabemos de
Amnistía Internacional
porque nos pide firmas una
carta a favor de un preso
de conciencia, o de Greenpeace
por las audaces acciones de
sus ecoactivistas, o de UNICEF
(que no es una ONG sino un
Fondo de la ONU, pero es igual
para lo que queremos decir)
porque vende felicitaciones
en navidades.
Pero
detrás de esa labor
que nos llega al gran público,
hay un esforzadísimo
trabajo de investigación,
de conocimiento de los hechos,
de hacerse presente allá
donde nadie se hace presente
(y mucho antes de que lleguen,
si es que llegan los medios
de comunicación), de
contrastar y analizar datos...
Es ahí, en el trabajo
diario, abnegado y silencioso
de estos colectivos, donde
nace la propuesta concreta
de una ciberacción.
Por
eso, los que practicamos el
ciberactivismo no es que seamos
unos señores (y señoras)
muy inteligentes, y que nos
leemos cada día 20
periódicos y estamos
conectados constantemente
a las grandes agencias informativas.
No somos eso porque, entre
otras cosas, no podemos serlo.
Lo que hacemos es más
simple, tan simple como estar
atentos a los que sí
hacen esa tarea, a los grupos
y asoaciones que tienen medios
y personal como para, tras
mucho estudio y muchas comprobaciones,
poder decirnos que, por favor,
enviemos un correo-e a favor
de una persona desconocida
para nosotros, que está
en un país que a la
mayoría nos cuesta
situar en el mapa, y que tiene
un problema que –frecuentemente-
ni nos imaginábamos
que se podía tener.
Por
eso, las ONG no se limitan
a presentar un caso concreto,
sino que, a la vez, aportan
toda la información
precisa para que yo pueda
formarme una opinión
propia. Ha habido ciberacciones
muy recientes en contra de
la aplicación en Europa
de la directiva Bolkestein,
o pidiendo la retirada del
herbicida Paraquiat, o solicitando
se niegue el paso a la soja
,modificada genéticamente,
o protestando por una intervención
paramilitar en un sitio de
México que se llama
Tila. Evidentemente, nadie
se sumaría a ninguna
de esas ciberacciones si,
a la vez, no se explicara
detallada y documentadamente
que esa directiva, por qué
es malo el dichoso herbicida
(y qué intereses económicos
hay tras él), qué
peligro tiene una soja que
-aparentemente- es espléndida
(por lo menos para algunos),
o qué se me ha perdido
a mí en Tila (que resulta,
qué casualidad, que
está en Chiapas).
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¿Y
me puedo fiar de los que proponen ciberacciones? |
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Evidentemente,
toda la pregunta anterior
supone que tú te fías
de la organización
que te está presentando
el caso, que te merece confianza
por su prestigio, por el conocimiento
que tienes de ella, porque
coincides con su ideario,
etc.
De
hecho, es difícil que
una ciberacción propuesta
por unos desconocidos tenga
especial éxito. Siempre
habrá gente de ésa
que se apunta aunque sea a
un bombardeo, claro. Pero
un ciberactivista consciente
ciñe su labor a aquellos
grupos con los que, como decimos,
coincide ideológicamente
y le merecen la confianza.
Y por mucho que se ciña
a unos pocos no le ha de faltar
labor.
Y
es importante recordar todo
esto. Cuando tú te
significas adhiriéndote
a una acción propuesta
por alguien, estás
dando por supuesto que lo
que presenta y lo que pide
ese alguien son datos reales.
Hay, pues, una responsabilidad
ineludible en el ciberactivista:
el de saber, y saber muy bien,
a qué se está
sumando y por qué5.
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5.
Volviendo al caso de Amina Lawal,
es chocante –por no decir
patético- que los colectivos
que lanzaron la ciberacción
pidiendo su indulto tuvieron que,
luego, emplear casi más esfuerzos
en decir que ya estaba, que ya no
hacía falta seguir escribiendo,
que se iba a provocar un “efecto
rechazo” si se seguían
enviando correos por su liberación
cuando ya había sido liberada.
Y es que, suponemos que con buena
voluntad, fueron muchos los que
por su cuenta y riesgo se dedicaron
a pedir firmas por la Red, sin hacer
luego un seguimiento del caso. De
hecho, aun hoy hay más de
una decena de lugares en castellano
pidiendo envío de correos-e
firmas para que Amina no sea lapidada.
Valga esta nota para remarcar que
nada exime al ciberactivista de
estar muy atento a la calidad del
grupo que propone la ciberacción.
Y para pedir a todos los grupos
-incluyendo a algunos de los ·”grandes”-
que igual que se movilizan para
colgar en la Red un determinado
caso, lo hagan para decir cuándo
ese caso está cerrado y cómo.
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No
me pasará nada por ser ciberactivista,
¿no? |
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Se cuentan muchas cosas de
lo que un gobierno democrático6
puede hacer con aquellos que
suelen intervenir -por internet
u otros medios- en protestas
o reclamaciones sociales:
que si se elaboran “listas
negras”, que si luego
puedes tener problemas en
una oposición, que
si los bancos te dificultan
los créditos, que si...
Como en toda leyenda urbana,
cuando le preguntas a la persona
que te la cuenta si él
conoce a alguien con nombre
y apellidos al que le haya
pasado eso, la respuesta es
siempre la misma: “Yo
no, pero mi primo tiene un
amigo que, en su pueblo, conoce
a uno de una peña al
que le contaron que un vecino
del pueblo de al lado...”.
Ser
ciberactivista no supone ningún
riesgo de nada malo. Si fuera
una medicina, en el prospecto
no habría ningún
efecto secundario, ninguna
incompatibilidad, ninguna
interacción negativa
con otras acciones de la vida,
ningún aviso para embarazdas,
niños, conductores,
alérgicos... Y, al
contrario, la lista de efectos
beneficiosos sería
larguísima (o, a lo
mejor, muy corta: a lo mejor
sólo decía que
“el ciberactivismo produce
solidaridad” J).
Ciertamente,
cuando firmas algo te estas
significando. Las firmas por
internet no son anónimas,
van con tu nombre y apellidos.
Eres tú el que te sumas
a la petición, tú
con tu historia y tu realidad
concreta. En ese sentido,
el ciberactivismo no es anónimo,
no es una manifestación
en la calle de miles de personas
en la que tú sólo
eres una mancha en la foto
que sale al día siguiente
en el periódico (y
no estamos desvalorizando
las manifestaciones), ni es
un telemaratón en el
que tú das 6 euros
para las víctimas de
un desastre natural y ya está
(y sí que podríamos
hablar mucho de esa forma
de colaboración). No.
El ciberactivismo es siempre
algo que se hace, más
que individualmente, personalmente
–en cuanto persona-,
que haces tú diciendo
que eres tú.
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6.
La situación en regímenes
totalitarios escapa a lo que pretende
explicar este documento. Evidentemente,
en una dictadura protestar es, ciertamente,
peligroso... ¡y creador de
futuro, claro! |
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Pero,
si es tan fácil, ¿por qué
no lo hace más gente? |
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Si
se compara el número
de internautas o, si se quiere
ser más preciso, el número
de internautas que podrían
dedicar un espacio de tiempo
a navegar por espacios ciberactivistas,
con el que de hecho lo hacen,
el resultado es desalentador.
Cuando se lee que determinada
acción de, por ejemplo,
Amnistía ha obtenido
un apoyo de, pongamos, 10.000
firmas, y se lee el número
de visitas que tiene, también
por ejemplo, la página
web de un equipo de fútbol
(si habláramos de porno
el escándalo se multiplicaría
a cifras enormes), uno se pregunta
qué es lo que pasa para
que movilice 10 y 20 veces más
una web sobre un deporte que
una web sobre la vida de un
ser humano.
Y la única
respuesta está en la
comodidad. O el pasotismo,
o la indiferencia, o la desgana,
o el “qué más
da”... o como se quiera
llamar a ese gran triunfo
de los poderosos del Primer
Mundo, que han logrado –y
logran cada día más-
que los que se supone que
vivimos en sociedades avanzadas
tengamos prácticamente
adormecida (¿abotargada,
apagada... embrutecida?) algo
que define la calidad de un
ser humano: la conciencia.
Ya me pueden
contar que en tal sitio a
alguien le está pasando
tal cosa, ya me pueden decir
que hay alguien esperando
que yo haga algo, ya me pueden
dar todos los datos posibles
sobre una injusticia que clama
al cielo y que se está
cometiendo mientras yo miro
un rato un programa del hígado
(oficialmente, “del
corazón”) en
la tele. Me es igual. La conciencia
no me hace saltar, no hay
nada en mi interior que me
quite el sueño por
no haber sido capaz de emplear
cinco minutos en entrar a
una página web, leerla,
poner mis datos al final y
darle al botón de “enviar”.
Vivimos en una sociedad de
la información donde
no hay día en que no
tengamos noticia de alguna
tragedias, pero esa consciencia
no termina de afectar a nuestra
conciencia. El sistema ha
conseguido que los ciudadanos
sepamos muy bien de qué
quejarnos (en el bar) y, a
la vez, encontremos bastantes
motivos para no hacer absolutamente
nada (fuera del bar). Pero
desarrollar esto sería
demasiado largo, y no es éste
el lugar7
.
Dicho esto,
es cierto que, en algunos
casos, en pocos, la no participación
en ciberacciones viene dada
por otro tipo de causas más
racionales, algunas dichas
ya en preguntas anteriores:
-
El grupo que la propone
no me merece mi confianza.
-
La información que
se aporta del dato es muy
escasa.
-
No llego a tener una opinión
clara sobre si estoy a favor
o en contra de la ciberacción
que se propone.
-
No creo que, precisamente
en este caso, la ciberacción
sea el método adecuado
de actuar.
-
La ciberacción requiere
unos parámetros en
el participante que yo no
reúno (ver, más
adelante, la pregunta 9).
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7. Todo un libro –maravilloso,
por cierto- tuvo que emplear para
desarrollarlo la Premio Nóbel
de la Paz Rigoberta Menchú,
una “indígena”,
de un país “subdesarrollado”,
casi “analfabeta” y
que no sabe “hablar bien”
(subráyense mucho las comillas,
por favor). El libro, claro, se
llama “De cómo me nació
la conciencia”. |
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Y
si no tengo internet, ¿qué
hago? |
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Si
no se tiene internet,
se puede trabajar
el mismo caso a
través del
correo ordinario.
Eso sin olvidar
que siempre habrá
algún amigo
que sí tenga
acceso a la Red
(y al que, de paso,
se puede enganchar
al ciberactivismo),
y que hay cibercafés,
y que... y que el
que quiere, puede,
qué caray.
La presión
social se ha efectuado,
como ya dijimos,
mucho antes de que
existiera internet.
No tenerlo no es
obstáculo
para seguir ejerciendo
la solidaridad con
quien lo necesita.
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Por
cierto, ¿hace falta ser mayor de
edad? |
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La
ciberacción no depende
de que los que la hacen tengan
una u otra edad. Se supone que
si alguien se suma a ella es
que entiende de qué va,
y, sobre todo, entiende de qué
va la injusticia contra la que
se está luchando.
En
esta cuestión, el ciberactivismo
sigue la línea de todas
las acciones no violentas:
a nadie se le pide un documento
de identificación para
acudir a una manifestación,
para participar en un concierto
solidario, para sumarse a
una huelga (por eso puede
haber huelgas de estudiantes)
o para solidarizarse con los
que están haciendo
una marcha de protesta. La
defensa de los derechos humanos
no tiene edad. Como mucho,
puede –a veces- ser
bueno pedir algún dato
concreto de la persona, como,
por ejemplo, su profesión:
parece que una demanda de,
por ejemplo, la anulación
de un futuro embalse, tiene
más fuerza si, además
de firmarla 10.000 personas,
la firman 4 catedráticos
de ecología. Pero insistimos
en que esto no es lo frecuente.
Otra
cosa es que, a veces, determinadas
acciones buscan algo muy concreto:
obligar a un Estado a que,
cumpliendo sus propias leyes,
incluya lo que un determinado
número de gente piensa
en sus procesos políticos
o judiciales. Se trata de
casos que apelan a la legislación
de cada país. Así,
y por poner el ejemplo de
España, el ordenamiento
jurídico de este país
contempla la “Iniciativa
Legislativa Popular”.
Por ella, se puede presentar
una proposición de
ley al debate del Parlamento.
Y éste estará
obligada a acogerla si la
petición la avala la
firma de 500.000 electores
(mayores de edad, por tanto),
firma debidamente documentada
y acreditada. En este tipo
de casos es claro que sí
que hay unas condiciones exigibles
para participar. De todos
modos, también es cierto
que este tipo de acciones
se suelen dar a conocer a
través de la Red, pero
no se puede firmar a través
de ella (requieren una firma
física). Por tanto,
tampoco es que se trate, propiamente,
de ciberacciones.
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Creo
que ya lo entiendo. ¿Por dónde
empiezo? |
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La
mejor forma de iniciarse
en el ciberactivismo
es, claro, poniendo
manos a la obra. La
Red acoge a cientos
(literalmente, aunque
pueda no parecerlo)
de colectivos que
trabajan los derechos
humanos –en
su sentido más
amplio- y proponen
a los internautas
que colaboren en multitud
de casos. Estar
atento a esas organizaciones
es sólo una
cuestión
de disciplina. Puede
ser bueno, y muchos
lo hacen, el marcarse
un día de
la semana y un tiempo
concreto para recorrer
las páginas
web que proponen
ciberacciones (si
se tiene un tiempo
fijo para estudiar,
o para hacer deporte,
o para cualquier
otro interés,
¿por qué
no tenerlo para
ejercer la solidaridad
a través
de la Red?.
Para
hacerlo, bueno será
ir añadiendo
en la carpeta “favoritos”
del explorador a
esa páginas
que descubrimos
que proponen ciberacciones.
Es más: varios
colectivos que usan
el ciberactivismo
tienen también
boletines digitales
a los que puedes
subscribirte, y,
así, estar
atentos a los nuevos
casos que se producen.
Y, entre todos ellos,
hay que destacar
un espacio concreto:
la “Red de
Acción urgente”
(RAU) de Amnistía
Internacional. Esta
Red atiende a casos
en los que la ciberacción
debe ser rápida
dada la gravedad
e inmediatez del
caso. Y la Red la
componen aquellos
internautas que
se han apuntado
a ella, y que han
dicho cuántos
casos pueden ellos
atender al mes.
Esta interesante
opción puedes
verla buscando (en
Google o donde sea)
la web de Amnistía
Internacional de
tu país.
Puedes verlas en
la página
internacional de
Amnesty dedicada
a la RAU: http://web.amnesty.org/pages/ua-index-eng
En
todo caso, hay páginas
que simplifican
la tarea, pues se
dedican a recoger
y mantener actualizado
el fondo de ciberacciones
existente en la
Red. En vez de que
seas tú quien
te recorras todos
los grupos que proponen
algo, son ellos
quien lo hacen por
ti, y te lo presentan
todo junto y clasificado
por temas.
Cuántas
páginas de
este tipo existen
no es algo que te
podamos decir con
seguridad. La que
más conocemos,
claro, es la que
sustenta el Equipo
que escribe este
documento: PAZ
Y JUSTICIA.
Si curioseas su
página inicial
verás que
recoge ciberacciones
de muchos grupos,
ordenándolas
por temas y describiéndolas
brevemente, a la
vez que te permiten
enlazar con la página
original y toda
su información
completa. Al mismo
tiempo, el menú
lateral de esa página
inicial te permite
acceder a temas
concretos relacionados
con la solidaridad,
no ya para ver ciberacciones,
sino para obtener
documentación
y recursos que te
permitan profundizar
en ellos.
Eso
sí: convendría
no olvidar que cuando
se vive el ciberactivismo,
hay que procurar
que esto afecte
a algo más
que a los dedos
que se mueven por
el teclado de tu
ordenador. Y es
que sería
un tanto esquizofrénico
(por no decir patético)
que se ejerciera
mucho la solidaridad
a través
de internet y, luego,
en la vida cotidiana,
no existiera esa
solidaridad. Ser
ciberactivista no
es sólo echar
una firma y ya está:
antes que ciberactivista
de los derechos
humanos, lo que
hay que ser es activista
de los mismos en
todas las redes
físicas (no
virtuales) en las
que nos movemos
desde que nos levantamos
hasta que nos acostamos.
Dicho
todo lo cual, es
probable que te
estés preguntando
si tú mismo
no puedes ser el
que proponga una
ciberacción.
Y hay que decir
que claro que sí,
pero sin olvidar
unas condiciones
mínimas que,
en una forma u otra,
hemos ido comentando
ya:
- ANTES
DE PROPONER TÚ
ALGO, NAVEGA BASTANTE
POR LAS WEBS QUE
YA LO HACEN. De
ellas aprenderás
mucho. Y también
te irás
soltando en descubrir
aquellos portales
que se centran
en el activismo
social, la solidaridad,
la defensa de
los derechos humanos,
etc.
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