Paz y Justicia
La Paz, la verdadera Paz, sólo puede ser fruto de la Justicia.
Paz como esa convivencia en la que cualquiera pueda vivir en plenitud su condición de ser humano y, para muchos de nosotros, de hijo de Dios. Justicia que se basa en tener preferencia por el desposeído y excluido.
Paz que nace de la Justicia.
 
 

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EL CIBERACTIVISMO
...en 10 preguntas

(documento elaborado el 12.III.05, 75º aniversario de la "Marcha de la sal" de Ghandi)
- actualizado el 1.8.06 -


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Escrito por
Pablo Genovés Azpeitia, Inmaculada Domingo Hernando, Jesús Villagra Simón
y Equipo de Paz y Justicia

 

¿Qué es el ciberactivismo?

El ciberactivismo se enmarca en la larga tradición de la no violencia activa, la que Ghandi formulara como la ahimsa satiagraha (aunque, como decimos, es muy anterior a él: las ideas del pacifismo no violento y, a la vez, activo, están ya presentes en Francisco, de Asís, Jesús de Nazaret, Buda, varios pensadores griegos...).

Es ahí, como una forma de pacifismo no violento y activo, donde hay que entender el ciberactivismo. Y es que, a fin de cuentas, se trata de ejercer la opción por la Paz, denunciando e impidiendo que se lleva a cabo cualquier forma de atentado a los Derechos Humanos, a la dignidad de cualquier ser humano, a la integridad de la naturaleza, etc. Ciertamente, el ciberactivismo puede ejercerse no sólo contra algo negativo, sino también como forma de apoyo a algo positivo. Pero la realidad de este mundo hace que, desgraciadamente, sea menos frecuente esta segunda posibilidad.

Junto a esto, otro rasgo típico del ciberactivismo es no ceñirse a una acción personal. El ciberactivismo busca decididamente el número, el “ser muchos” los que, con su denuncia, ejercen presión. Y presión que, en muchos casos, no se limita a la que puedan ejercer los ciudadanos de un país o región, sino que se abre al campo internacional. Es probable que el caso sobre el que se esté actuando sí se limite a un país, o que, incluso, sus efectos sean única y exclusivamente sobre un grupo muy concreto de personas. pero el ciberactivismo apela a la solidaridad de los seres humanos: se propone a la acción de todos lo que, aparentemente, afecta sólo algunos. Se haría realidad, así, aquello de “no preguntes por quién doblan las campanas: están doblando por ti1.

Desde estas bases ideológicas, el método del ciberactivismo es simple: la denuncia y la acción se realizan a través de internet, bien sea enviando un correo electrónico, bien sea sumando el propio nombre a un texto colgado en la Red por determinada ONG que será la que, finalmente, haga llegar ese texto con sus firmas al destinatario adecuado.


1. La frase es, en traducción libre, el final de la novela de Ernest Hemingway “Por quién doblan las campanas”).

¿Y hace mucho tiempo que existe?

El método ciberactivista, dado que se realiza a través de la Red, es claro que no existía antes de la popularización de internet.

Pero es que el método del ciberactivismo no es más que una modernización de algo que ya existía desde bastante antes: la recogida de firmas y el envío de cartas. Ambas acciones hacían lo mismo que hoy en día se hace de forma cibernética, pero, claro, con los medios de que se disponía (y se dispone, evidentemente): el correo convencional, el lápiz y el papel.

Lo interesante de esto es comprender el fondo que hay detrás, y del que comentábamos algo en la pregunta anterior. Y es que si el ciberactivismo como método pacifista de acción no violenta es muy reciente en la historia, no lo es la ideología que lo sustenta: la intervención del individuo –el ciudadano- en los ámbitos de decisión a los que él no pertenece, sean esos ámbitos políticos, económicos, judiciales, culturales, etc.

Con las peculiaridades propias de cada época histórica, esa conciencia de que yo puedo y, sobre todo, debo tomar parte en las áreas de poder, es una constante en la larga historia del devenir humano. Siempre se ha admitido que hay quien manda, pero siempre se ha sentido, también, que ése que manda debe tener en cuenta lo que los mandados pensamos y queremos. Y más si lo que pensamos lo pensamos una gran mayoría. Se trata, en suma, del fenómeno conocido como “presión pública”.

Y aunque no sea éste el lugar de desarrollar la larguísima lista de ejemplos de “presión pública” que se pueden encontrar en todas las pocas y en todas las culturas, no se olvide que esa afirmación de que lo que piense la mayoría debe ser tenido en cuenta incluso por encima de lo que dictamine quien tenga el encargo oficial de hacerlo, es una constante en la historia de la humanidad. Constante que, tanto ayer como hoy, se ha regado muchas veces, tristemente, con sangre. La convicción profunda y activa de la fuerza que poseen los que, oficialmente, no la tienen, es una de las mejores y más radicales pertenencias del género humano.



No creo que se consiga mucho con el ciberactivismo

Es cierto que no siempre una recogida de firmas o un envío de cartas a través de internet consigue su objetivo. Del mismo modo que tampoco el sistema de elección de gobernantes a través del voto garantiza un correcto desarrollo de la labor política o, por poner otro ejemplo, no siempre lo que todo el mundo ve que es lo justo coincide con el que tiene el poder de decidir en un sentido u otro.

Pero eso no anula la validez de la acción ciberactivista. Que el ciberactivismo no obtenga siempre su fin no habla en contra del ciberactivismo, sino del que hace oídos sordos a la voz de tantos y tantos.

Y, además, son cientos y cientos los casos en que el ciberactivismo ha tenido éxito. Indultados de una pena de muerte, obras anti ecológicas paralizadas, encarcelados que se libran de la tortura porque los torturadores descubren que la opinión internacional les está vigilando, leyes que se mejoran o –en sentido contrario- que no llegan a promulgarse... La lista de situaciones y, sobre todo, de hombres y mujeres concretos, con rostro y vida, que han mejorado o se han salvado gracias al ciberactivismo sería interminable. Testigos de ello son las varias ONG que utilizan la presión pública como pilar fundamental de su tarea en pro de los derechos humanos, y que llevan años haciéndolo. Por algo será2.

Y es que, aunque sea chocante, lo que hay que entender es que muchos “poderosos” de este planeta no tienen el menor escrúpulo de hacer cualquier burrada, pero no están dispuestos a tener mala fama ante la opinión pública internacional. Los mismos jueces a los que no les tembló ni un dedo para condenar a una mujer a ser lapidada, revocaron la sentencia cuando empezaron a lloverles firmas y correos electrónicos de todas partes del mundo protestando por tamaña salvajada3. Y los mismos gobiernos estatales que durante años y años no tuvieron reparo en condenar a muerte (y ejecutar) a gente que había cometido el delito siendo menor de edad, terminaron –tras años de lucha, eso sí- prohibiendo tan aberrante práctica jurídica4. Repetimos: nos costará entenderlo a los que tenemos una mente mínimamente normal, pero son muchos los dirigentes que temen más el tener mala fama que el no respetar los derechos humanos, que no tienen problema en hacer algo que está mal... siempre que no se sepa.

El ciberactivismo encuentra ahí buena parte de su fuerza. Otra parte está, naturalmente, en que muchas veces los dirigentes estaban equivocados sin mala voluntad, y es la presión internacional las que les hace conscientes de su error.

Y aún cabe una última reflexión. Y es que la opción por dedicar un tiempo de tu vida al ciberactivismo no puede ser tomada sólo por su éxito o su fracaso. Eso es sólo una cara del asunto. la otra es que, si no firmas a través de internet esa carta que una ONG te propone para salvar a determinada persona, ¿qué otra cosa puedes hacer? En la gran mayoría de las situaciones injustas del planeta los cuidadanos de a pie no podemos hacer otra cosa, cuando nos enteramos de ellas, que quejarnos y dolernos interiormente. El ciberactivismo nos permite poner en práctica la única otra cosa que podemos hacer: el lograr que esa queja y ese dolor llegue al responsable de la injusticia.

Más allá de sus logros, que son muchos, o de sus fracasos, que –desgraciadamente-existen, el ciberactivismo pone en mis manos el que yo pueda hacer algo. Aparentemente, poco. pero mi “poco” unido al de otros decenas de miles, es un “mucho”. Lo dicen todas las páginas de la web de PAZ Y JUSTICIA: “Mucha gente pequeña, haciendo muchas cosas pequeñas, en muchos sitios pequeños... terminan haciendo algo grande”.


2. El ejemplo más conocido es el de Amnistía Internacional. Sus estadísticas revelan la validez del ciberactivismo.
3. Es el muy conocido –por la repercusión que tuvo- caso de la nigeriana Amina Lawal.
4. Por si alguien no cae, se trata de estados de EE.UU., que, por fin, en 2005 han prohibido la condena a muerte de menores.

¿Y cómo sé yo en qué casos ciberactuar?

A las grandes ONG que trabajan a favor de los derechos humanos, las solemos conocer por sus acciones (ciberactivistas o de otro tipo). Sabemos de Amnistía Internacional porque nos pide firmas una carta a favor de un preso de conciencia, o de Greenpeace por las audaces acciones de sus ecoactivistas, o de UNICEF (que no es una ONG sino un Fondo de la ONU, pero es igual para lo que queremos decir) porque vende felicitaciones en navidades.

Pero detrás de esa labor que nos llega al gran público, hay un esforzadísimo trabajo de investigación, de conocimiento de los hechos, de hacerse presente allá donde nadie se hace presente (y mucho antes de que lleguen, si es que llegan los medios de comunicación), de contrastar y analizar datos... Es ahí, en el trabajo diario, abnegado y silencioso de estos colectivos, donde nace la propuesta concreta de una ciberacción.

Por eso, los que practicamos el ciberactivismo no es que seamos unos señores (y señoras) muy inteligentes, y que nos leemos cada día 20 periódicos y estamos conectados constantemente a las grandes agencias informativas. No somos eso porque, entre otras cosas, no podemos serlo. Lo que hacemos es más simple, tan simple como estar atentos a los que sí hacen esa tarea, a los grupos y asoaciones que tienen medios y personal como para, tras mucho estudio y muchas comprobaciones, poder decirnos que, por favor, enviemos un correo-e a favor de una persona desconocida para nosotros, que está en un país que a la mayoría nos cuesta situar en el mapa, y que tiene un problema que –frecuentemente- ni nos imaginábamos que se podía tener.

Por eso, las ONG no se limitan a presentar un caso concreto, sino que, a la vez, aportan toda la información precisa para que yo pueda formarme una opinión propia. Ha habido ciberacciones muy recientes en contra de la aplicación en Europa de la directiva Bolkestein, o pidiendo la retirada del herbicida Paraquiat, o solicitando se niegue el paso a la soja ,modificada genéticamente, o protestando por una intervención paramilitar en un sitio de México que se llama Tila. Evidentemente, nadie se sumaría a ninguna de esas ciberacciones si, a la vez, no se explicara detallada y documentadamente que esa directiva, por qué es malo el dichoso herbicida (y qué intereses económicos hay tras él), qué peligro tiene una soja que -aparentemente- es espléndida (por lo menos para algunos), o qué se me ha perdido a mí en Tila (que resulta, qué casualidad, que está en Chiapas).



¿Y me puedo fiar de los que proponen ciberacciones?


Evidentemente, toda la pregunta anterior supone que tú te fías de la organización que te está presentando el caso, que te merece confianza por su prestigio, por el conocimiento que tienes de ella, porque coincides con su ideario, etc.

De hecho, es difícil que una ciberacción propuesta por unos desconocidos tenga especial éxito. Siempre habrá gente de ésa que se apunta aunque sea a un bombardeo, claro. Pero un ciberactivista consciente ciñe su labor a aquellos grupos con los que, como decimos, coincide ideológicamente y le merecen la confianza. Y por mucho que se ciña a unos pocos no le ha de faltar labor.

Y es importante recordar todo esto. Cuando tú te significas adhiriéndote a una acción propuesta por alguien, estás dando por supuesto que lo que presenta y lo que pide ese alguien son datos reales. Hay, pues, una responsabilidad ineludible en el ciberactivista: el de saber, y saber muy bien, a qué se está sumando y por qué5.

5. Volviendo al caso de Amina Lawal, es chocante –por no decir patético- que los colectivos que lanzaron la ciberacción pidiendo su indulto tuvieron que, luego, emplear casi más esfuerzos en decir que ya estaba, que ya no hacía falta seguir escribiendo, que se iba a provocar un “efecto rechazo” si se seguían enviando correos por su liberación cuando ya había sido liberada. Y es que, suponemos que con buena voluntad, fueron muchos los que por su cuenta y riesgo se dedicaron a pedir firmas por la Red, sin hacer luego un seguimiento del caso. De hecho, aun hoy hay más de una decena de lugares en castellano pidiendo envío de correos-e firmas para que Amina no sea lapidada. Valga esta nota para remarcar que nada exime al ciberactivista de estar muy atento a la calidad del grupo que propone la ciberacción. Y para pedir a todos los grupos -incluyendo a algunos de los ·”grandes”- que igual que se movilizan para colgar en la Red un determinado caso, lo hagan para decir cuándo ese caso está cerrado y cómo.


No me pasará nada por ser ciberactivista, ¿no?


Se cuentan muchas cosas de lo que un gobierno democrático6 puede hacer con aquellos que suelen intervenir -por internet u otros medios- en protestas o reclamaciones sociales: que si se elaboran “listas negras”, que si luego puedes tener problemas en una oposición, que si los bancos te dificultan los créditos, que si... Como en toda leyenda urbana, cuando le preguntas a la persona que te la cuenta si él conoce a alguien con nombre y apellidos al que le haya pasado eso, la respuesta es siempre la misma: “Yo no, pero mi primo tiene un amigo que, en su pueblo, conoce a uno de una peña al que le contaron que un vecino del pueblo de al lado...”.

Ser ciberactivista no supone ningún riesgo de nada malo. Si fuera una medicina, en el prospecto no habría ningún efecto secundario, ninguna incompatibilidad, ninguna interacción negativa con otras acciones de la vida, ningún aviso para embarazdas, niños, conductores, alérgicos... Y, al contrario, la lista de efectos beneficiosos sería larguísima (o, a lo mejor, muy corta: a lo mejor sólo decía que “el ciberactivismo produce solidaridad” J).

Ciertamente, cuando firmas algo te estas significando. Las firmas por internet no son anónimas, van con tu nombre y apellidos. Eres tú el que te sumas a la petición, tú con tu historia y tu realidad concreta. En ese sentido, el ciberactivismo no es anónimo, no es una manifestación en la calle de miles de personas en la que tú sólo eres una mancha en la foto que sale al día siguiente en el periódico (y no estamos desvalorizando las manifestaciones), ni es un telemaratón en el que tú das 6 euros para las víctimas de un desastre natural y ya está (y sí que podríamos hablar mucho de esa forma de colaboración). No. El ciberactivismo es siempre algo que se hace, más que individualmente, personalmente –en cuanto persona-, que haces tú diciendo que eres tú.

 

6. La situación en regímenes totalitarios escapa a lo que pretende explicar este documento. Evidentemente, en una dictadura protestar es, ciertamente, peligroso... ¡y creador de futuro, claro!


Pero, si es tan fácil, ¿por qué no lo hace más gente?

Si se compara el número de internautas o, si se quiere ser más preciso, el número de internautas que podrían dedicar un espacio de tiempo a navegar por espacios ciberactivistas, con el que de hecho lo hacen, el resultado es desalentador. Cuando se lee que determinada acción de, por ejemplo, Amnistía ha obtenido un apoyo de, pongamos, 10.000 firmas, y se lee el número de visitas que tiene, también por ejemplo, la página web de un equipo de fútbol (si habláramos de porno el escándalo se multiplicaría a cifras enormes), uno se pregunta qué es lo que pasa para que movilice 10 y 20 veces más una web sobre un deporte que una web sobre la vida de un ser humano.

Y la única respuesta está en la comodidad. O el pasotismo, o la indiferencia, o la desgana, o el “qué más da”... o como se quiera llamar a ese gran triunfo de los poderosos del Primer Mundo, que han logrado –y logran cada día más- que los que se supone que vivimos en sociedades avanzadas tengamos prácticamente adormecida (¿abotargada, apagada... embrutecida?) algo que define la calidad de un ser humano: la conciencia.

Ya me pueden contar que en tal sitio a alguien le está pasando tal cosa, ya me pueden decir que hay alguien esperando que yo haga algo, ya me pueden dar todos los datos posibles sobre una injusticia que clama al cielo y que se está cometiendo mientras yo miro un rato un programa del hígado (oficialmente, “del corazón”) en la tele. Me es igual. La conciencia no me hace saltar, no hay nada en mi interior que me quite el sueño por no haber sido capaz de emplear cinco minutos en entrar a una página web, leerla, poner mis datos al final y darle al botón de “enviar”. Vivimos en una sociedad de la información donde no hay día en que no tengamos noticia de alguna tragedias, pero esa consciencia no termina de afectar a nuestra conciencia. El sistema ha conseguido que los ciudadanos sepamos muy bien de qué quejarnos (en el bar) y, a la vez, encontremos bastantes motivos para no hacer absolutamente nada (fuera del bar). Pero desarrollar esto sería demasiado largo, y no es éste el lugar7 .

Dicho esto, es cierto que, en algunos casos, en pocos, la no participación en ciberacciones viene dada por otro tipo de causas más racionales, algunas dichas ya en preguntas anteriores:

  • El grupo que la propone no me merece mi confianza.
  • La información que se aporta del dato es muy escasa.
  • No llego a tener una opinión clara sobre si estoy a favor o en contra de la ciberacción que se propone.
  • No creo que, precisamente en este caso, la ciberacción sea el método adecuado de actuar.
  • La ciberacción requiere unos parámetros en el participante que yo no reúno (ver, más adelante, la pregunta 9).

7. Todo un libro –maravilloso, por cierto- tuvo que emplear para desarrollarlo la Premio Nóbel de la Paz Rigoberta Menchú, una “indígena”, de un país “subdesarrollado”, casi “analfabeta” y que no sabe “hablar bien” (subráyense mucho las comillas, por favor). El libro, claro, se llama “De cómo me nació la conciencia”.


Y si no tengo internet, ¿qué hago?

Si no se tiene internet, se puede trabajar el mismo caso a través del correo ordinario. Eso sin olvidar que siempre habrá algún amigo que sí tenga acceso a la Red (y al que, de paso, se puede enganchar al ciberactivismo), y que hay cibercafés, y que... y que el que quiere, puede, qué caray. La presión social se ha efectuado, como ya dijimos, mucho antes de que existiera internet. No tenerlo no es obstáculo para seguir ejerciendo la solidaridad con quien lo necesita.

Por cierto, ¿hace falta ser mayor de edad?

La ciberacción no depende de que los que la hacen tengan una u otra edad. Se supone que si alguien se suma a ella es que entiende de qué va, y, sobre todo, entiende de qué va la injusticia contra la que se está luchando.

En esta cuestión, el ciberactivismo sigue la línea de todas las acciones no violentas: a nadie se le pide un documento de identificación para acudir a una manifestación, para participar en un concierto solidario, para sumarse a una huelga (por eso puede haber huelgas de estudiantes) o para solidarizarse con los que están haciendo una marcha de protesta. La defensa de los derechos humanos no tiene edad. Como mucho, puede –a veces- ser bueno pedir algún dato concreto de la persona, como, por ejemplo, su profesión: parece que una demanda de, por ejemplo, la anulación de un futuro embalse, tiene más fuerza si, además de firmarla 10.000 personas, la firman 4 catedráticos de ecología. Pero insistimos en que esto no es lo frecuente.

Otra cosa es que, a veces, determinadas acciones buscan algo muy concreto: obligar a un Estado a que, cumpliendo sus propias leyes, incluya lo que un determinado número de gente piensa en sus procesos políticos o judiciales. Se trata de casos que apelan a la legislación de cada país. Así, y por poner el ejemplo de España, el ordenamiento jurídico de este país contempla la “Iniciativa Legislativa Popular”. Por ella, se puede presentar una proposición de ley al debate del Parlamento. Y éste estará obligada a acogerla si la petición la avala la firma de 500.000 electores (mayores de edad, por tanto), firma debidamente documentada y acreditada. En este tipo de casos es claro que sí que hay unas condiciones exigibles para participar. De todos modos, también es cierto que este tipo de acciones se suelen dar a conocer a través de la Red, pero no se puede firmar a través de ella (requieren una firma física). Por tanto, tampoco es que se trate, propiamente, de ciberacciones.


Creo que ya lo entiendo. ¿Por dónde empiezo?


La mejor forma de iniciarse en el ciberactivismo es, claro, poniendo manos a la obra. La Red acoge a cientos (literalmente, aunque pueda no parecerlo) de colectivos que trabajan los derechos humanos –en su sentido más amplio- y proponen a los internautas que colaboren en multitud de casos.

Estar atento a esas organizaciones es sólo una cuestión de disciplina. Puede ser bueno, y muchos lo hacen, el marcarse un día de la semana y un tiempo concreto para recorrer las páginas web que proponen ciberacciones (si se tiene un tiempo fijo para estudiar, o para hacer deporte, o para cualquier otro interés, ¿por qué no tenerlo para ejercer la solidaridad a través de la Red?.

Para hacerlo, bueno será ir añadiendo en la carpeta “favoritos” del explorador a esa páginas que descubrimos que proponen ciberacciones. Es más: varios colectivos que usan el ciberactivismo tienen también boletines digitales a los que puedes subscribirte, y, así, estar atentos a los nuevos casos que se producen. Y, entre todos ellos, hay que destacar un espacio concreto: la “Red de Acción urgente” (RAU) de Amnistía Internacional. Esta Red atiende a casos en los que la ciberacción debe ser rápida dada la gravedad e inmediatez del caso. Y la Red la componen aquellos internautas que se han apuntado a ella, y que han dicho cuántos casos pueden ellos atender al mes. Esta interesante opción puedes verla buscando (en Google o donde sea) la web de Amnistía Internacional de tu país. Puedes verlas en la página internacional de Amnesty dedicada a la RAU: http://web.amnesty.org/pages/ua-index-eng

En todo caso, hay páginas que simplifican la tarea, pues se dedican a recoger y mantener actualizado el fondo de ciberacciones existente en la Red. En vez de que seas tú quien te recorras todos los grupos que proponen algo, son ellos quien lo hacen por ti, y te lo presentan todo junto y clasificado por temas.

Cuántas páginas de este tipo existen no es algo que te podamos decir con seguridad. La que más conocemos, claro, es la que sustenta el Equipo que escribe este documento: PAZ Y JUSTICIA. Si curioseas su página inicial verás que recoge ciberacciones de muchos grupos, ordenándolas por temas y describiéndolas brevemente, a la vez que te permiten enlazar con la página original y toda su información completa. Al mismo tiempo, el menú lateral de esa página inicial te permite acceder a temas concretos relacionados con la solidaridad, no ya para ver ciberacciones, sino para obtener documentación y recursos que te permitan profundizar en ellos.

Eso sí: convendría no olvidar que cuando se vive el ciberactivismo, hay que procurar que esto afecte a algo más que a los dedos que se mueven por el teclado de tu ordenador. Y es que sería un tanto esquizofrénico (por no decir patético) que se ejerciera mucho la solidaridad a través de internet y, luego, en la vida cotidiana, no existiera esa solidaridad. Ser ciberactivista no es sólo echar una firma y ya está: antes que ciberactivista de los derechos humanos, lo que hay que ser es activista de los mismos en todas las redes físicas (no virtuales) en las que nos movemos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.

Dicho todo lo cual, es probable que te estés preguntando si tú mismo no puedes ser el que proponga una ciberacción. Y hay que decir que claro que sí, pero sin olvidar unas condiciones mínimas que, en una forma u otra, hemos ido comentando ya:

  • ANTES DE PROPONER TÚ ALGO, NAVEGA BASTANTE POR LAS WEBS QUE YA LO HACEN. De ellas aprenderás mucho. Y también te irás soltando en descubrir aquellos portales que se centran en el activismo social, la solidaridad, la defensa de los derechos humanos, etc.
  • DI CLARAMENTE QUIÉN ERES, o quién sois. A veces te encuentras con, por ejemplo, una “protesta contra el futuro embalse de X”, que es propuesta por un grupo del que no se dice nada excepto que es la “plataforma contra el futuro embalse de x”. Decir quién eres, cómo se puede contactar contigo por si se desea recibir más información, cuál es tu relación con el caso, etc., permite al internauta saber mejor qué hay detrás de la ciberacción que propones.
  • PRESENTA SENCILLAMENTE EL CASO, Y, A LA VEZ, OFRECE TODA LA INFORMACIÓN POSIBLE. Que yo pueda leer 4 o 5 líneas en las que se me cuente el caso es imprescindible para saber si me interesa o no: si, de entrada, me tengo que leer 10 folios para enterarme, lo más probable es que deje de lado el asunto (para bien o para mal, la velocidad con que se navega por al Red es un hecho). pero eso no quita para que, leídas esas líneas, haya un apartado donde yo pueda acceder a los 10 folios. Habrá a quien le baste la exposición sucinta del caso, pero serán muchos los que quieran conocer todos los detalles, máxime teniendo en cuenta que se trata de una ciberacción propuesta por una persona (o un grupo) a la que, con todos los respetos, no conoce nadie: tú.
  • ELIGE SI PLANTEAS QUE LOS INTERNAUTAS MANDEN CORREOS ELECTRÓNICOS A DETERMINADA PERSONA RESPONSABLE DEL CASO O SI LES PIDES QUE TE FIRMEN POR INTERNET A TI.
    • En la primera opción, pon todos los datos posibles de a quién hay que escribir: nombre, cargo, dirección postal y dirección electrónica, fax... Añade un modelo de texto para la carta o correo-e a escribir, de modo que el internauta pueda copiarlo y pegarlo sin más o, si lo desea, usarlo sólo como inspiración para su propio texto. Y no olvides pedir que, por favor, se te envíe a ti una copia del correo enviado, pues es la única forma de que controles cuánta gente responde a tu llamamiento.
    • En la segunda opción -más problemática, porque estás pidiendo datos personales-, eres tú el que va recogiendo las “firmas” (normalmente, nombre y correo-e) de quienes se suman a tu escrito. Es bueno que avises (y cumplas, claro) que ese correo no será utilizado para ningún otro fin más que para el caso previsto. Evidentemente, manda con toda rapidez un correo de confirmación y agradecimiento a todo aquel que firme. Y comunica también a todo el que haya firmado cuándo presentas tú el escrito con todas las firmas a su destinatario. Es curioso que esto último no lo haga casi nadie, cuando es elemental. Tan elemental que lleva a hablar de otra cuestión: las fechas y los plazos.
  • INDICA CON TODA CLARIDAD HASTA CUÁNDO SE PUEDE –y se debe- ESCRIBIR, Y MANTÉN INFORMADOS A LOS NAVEGANTES DE CÓMO SE DESARROLLA EL CASO. Retomando un ejemplo que poníamos antes, es triste encontrarte una página que te invita a firmar “contra el futuro embalse de X”, y que nadie te diga una fecha máxima de envío, cómo va el asunto, y si, en definitiva, el embalse se ha construido hace años y es ridículo pedirle al ministro de medio ambiente que detenga su fábrica (el caso sonará chusco, pero es real: aún esta esa página en la Red). Y es más triste aún que hayas firmado para conseguir el indulto de algún condenado a muerte, sin que nadie te diga cuándo está prevista la ejecución, y sin que nadie te diga –a ti personalmente o a través de la web que propone el caso- en qué paró toda esa movilización. Los ejemplos reales podían multiplicarse, y, encima, no siempre referidos a organizaciones “de cuatro gatos”: a veces, más de las admisibles, los grandes grupos cometen este mismo error.
  • Y, SI NO TIENES DÓNDE COLGAR EL CASO EN LA RED, RECUERDA QUE HAY WEBS QUE TE PERMITEN HACERLO. Por una parte, es más que factible que presentes tu caso a algún grupo fuerte y que él lo ponga en su web, sea un grupo específico sobre el tema que tú tratas o sea un canal general sobre solidaridad y activismo social (la lista sería enorme, y el “quién es quién” lo va mostrando la navegación de cada uno por estos asuntos, como aconsejábamos arriba. Y, si esto no te es posible, has de saber que existen webs que cuelgan gratuitamente las ciberacciones que propone uno u otro: busca en Google por “firmas on line”, o “peitition on line”. Y si antes quieres intuir cuánta gente es posible que se una a tu petición, puedes crear una “Manifestación Virtual” que te permitirá sondear si lo que pides tiene aceptación o no.

Y poco más hay que decir. Lo que toca, ya, es hacer. Y eso, poner manos a la obra, aun sabiendo que el ciberactivismo es un tema del que se podría hablar mucho más. Por eso, por si quieres hablar más y escuchar a otros, en PAZ Y JUSTICIA se ha abierto un tema en el foro sobre este asunto. Puedes encontrarlo pinchando aquí.



Mucha gente pequeña, haciendo muchas cosas pequeñas, en muchos sitios pequeños...
...consiguen hacer algo grande.